Aquí y así terminan los diarios de Ayanta

29 de Junio

Cae la arena fina en el reloj. Sin ruido, rápida. Pero Leone, Sandra y yo corremos más veloces que el tiempo. Lo desafiamos. Nuestras armas son un teléfono y un coche. Estamos decididos a sacar a B. del hospital, a traerla de vuelta a casa, a acompañarla en el trance más importante de su vida: la muerte.

Una asociación de voluntarios acude en nuestra ayuda. Nos ofrece asistencia domiciliaria y despeja el camino con sus consejos prácticos. Alquilamos una cama sanitaria y todos los aparejos necesarios para los cuidados paliativos, encontramos una mujer con experiencia que nos ayude en casa. Compramos sábanas, toallas, pañales, guantes, jeringuillas, medicinas, bombonas de oxígeno. Llenamos la nevera de víveres. 

El salón se convierte en nuestro cuartel general. Desplegamos en la mesa los mapas de este laberinto: recetas, posologías, números de los médicos de urgencia. Organizamos los medicamentos según los horarios. Y según la gravedad. Las ampollas de morfina, que servirán sólo más adelante, las ponemos en un pequeño cuenco chino con un cartelito porque tememos que, cuando llegue la crisis, se nos nuble la vista y el entendimiento.  

Nos preparamos para ganar la batalla definitiva.

Somos unos soldados valientes, aunque estemos aterrados.

Iniciamos un nuevo confinamiento, pero en éste no haremos tartas de manzana, ni veremos series, ni trabajaremos online, ni chatearemos con los amigos, ni dormiremos más de la cuenta. En éste avanzaremos despacio hacia un desenlace fatal. 

La única incertidumbre es la de no estar a la altura del envite.

30 de Junio  

Acompaño a mi tía durante su última noche en el hospital. Es de pesadilla. Un calor espantoso, mosquitos, pitidos de máquinas a cada minuto y lamentos que reptan por el pasillo hasta la habitación de luz azulada, fantasmal. 

B. está muy inquieta, no encuentra una postura que la alivie. Busca mi mano a ciegas, me la estrecha, noto sus huesitos deformados, de pájaro. Vuelvo a pensar en la corneja herida de mi hermana, agazapada detrás de una rueda, a la espera de que alguien la devuelva a su nido, a su casa. 

Le hago masajes, le doy agua y trocitos de caramelos de menta, le beso la frente, el pelo, las muñecas. Hablamos, callamos. Y nos miramos. Mucho. Todo el rato. Sus ojos plantean una pregunta a la que no sé contestar. Porque la respuesta no la sabe nadie. Pertenece al misterio con el que nacemos y morimos. 

-Ha venido el lobo feroz- me susurra asustada, en las tinieblas.

Y es verdad. No es la alucinación de una anciana moribunda. Ha entrado y está a nuestro lado. Husmea a mi tía, la elige. Percibo el hedor de su aliento y descubro sus pupilas de fuego. Da miedo. Siento ese mismo pavor de la infancia que me obligaba a correr y correr sin mirar atrás, a elegir el vacío de un precipicio antes que permitir que la bestia me agarrara con sus zarpas inmundas. Y reconozco en mí una sensación olvidada. He tardado años en apartarla de mi lado y ahora regresa, como un puñetazo que me devuelve al pasado.  

Me veo sentada a la vera de mi madre dormida. Tengo nueve años. Y un único pensamiento: yo te salvaré. Le acaricio la cabeza calva. Yo te salvaré. Le beso la punta de la nariz. Yo te salvaré. Le subo el embozo. Yo te salvaré. Le lloro. Yo te salvaré. Le rezo. Yo te salvaré.

Me creía una niña mágica. 

Pero no la salvé. No supe, no pude.

Y durante siglos creí que había muerto por mi culpa.

Ahora sé que no hay culpas, sólo finales. Por eso le propino un puntapié al lobo feroz, que se retira con el rabo entre las piernas sin devorar el corazón de mi tía. Volveremos a vernos, eso seguro. Aunque más tarde, querido, más tarde. Todavía nos quedan algunas cosas importantes por hacer.

A primera hora de la mañana llega Leone, recogemos sus cosas, firmamos los papeles para la baja hospitalaria, me subo con B. a una ambulancia. Miro las calles pasar en nuestro último paseo juntas. En su último paseo.

Sandra nos espera en casa. Acomodamos a mi tía en su cuarto, lleno de fotos, libros y abalorios. Rodeamos la cama en la que morirá, conteniendo las lágrimas. Ella nos mira agradecida y frunce la nariz igual que un conejo. Es su nueva manera de sonreír. 

Y entonces nos abrazamos como los tres niños de antaño, cuando ganábamos todas las guerras. Perderlas nunca entró en nuestro planes. Porque éramos mágicos. 

Porque somos mágicos.

Y la hemos salvado.

Una fecha cualquiera, de un año cualquiera.

En un planeta cualquiera.

Y al fin consigo volver, después de un largo viaje. El jazmín se ha enroscado por los canalones y las celosías, ha cubierto la fachada azul. Mi casa está en flor. 

Abro la puerta, Nina y Bowie se desperezan en el sofá, bostezan con sus colmillos afilados y acuden a mi encuentro. Ronronean, se restriegan por mis piernas, me enseñan la tripa, piden berberechos. No hay mejor recibimiento que el de los gatos. Subo la maleta a mi habitación, abro el tragaluz. Y le veo. Allí sigue E., subido a su tejado, tomando el sol. No le digo nada. Voy a mi escritorio y saco la pastilla rosa que me regaló al principio del confinamiento, la misma que quiso comerse la gata Nina y que guardé en un cajón hace una eternidad, cuando nada de lo pasado había pasado. Arrastro una silla, yo también salgo a mi tejado. Sin vértigos, sin miedos.

-¡Que he vuelto! ¡Que ya estoy aquí! 

E. se incorpora, me mira atónito y, antes de que profiera palabra, abro la boca y poso la píldora milagrosa en mi lengua.

-¡No, no! ¡Espérame! ¡Hagámoslo juntos!

La tomamos al tiempo. Sin movernos de nuestros lugares. Sin tocarnos. Una grieta en la tierra nos separa. Él a un lado, y yo al otro. Pero el cielo es el mismo. Los ojos son los mismos. Y, como soy una mentirosa, le cuento que he vuelto en barco. Y, como es un fantasioso, me dice que vino a recogerme en el muelle. 

Así fue. Subí a un enorme buque en Roma, crucé los océanos revueltos y llegué al puerto de Madrid, que era una ciudad de mar. En la orilla me esperaba E. Nos cogimos de la mano y echamos a andar. 

Subimos la Gran Vía por el centro de la calle. Empezaba a clarear y la gran avenida todavía estaba desierta. No había coches, ni gentes. Tan sólo él y yo. Mirábamos a nuestro alrededor asombrados. El paisaje había cambiado, volvía a ser el de las cafeterías de butacas aterciopeladas, el de los lustrabotas en las esquinas, el de los quioscos de hierro forjado, el de los cines de grandes carteles pintados, el de los sueños de celuloide hechos realidad. 

Una media naranja inmensa se eleva poco a poco en la alborada, nos ilumina, despierta a los durmientes que abren las ventanas y se asoman y nos miran. Y empiezan a aplaudir desde las alturas de sus azoteas y balcones y el aplauso se convierte en música, en algarabía, en verbena. Y los hombres, y las mujeres, y los viejos, y los niños, descienden en los ascensores, bajan por las escaleras, se descuelgan por los canalones, nos rodean. Caminan con nosotros. Enfermeros, médicos, cajeros, periodistas, barrenderos. Entre la multitud distingo a la ancianita Evidia, a Gris Marengo, a ministros y a presidentes. Mis hijos, Mario y Caterina, me cogen del brazo, al igual que los amigos, y Sandra y Leone, y mi tía, cuyo cuerpo es translúcido, y mi padre, que avanza decidido hacia el horizonte. También nos acompañan los pavos, los jabalíes, los mirlos, las golondrinas. Y los gatos, Nina y Bowie. Los árboles se inclinan, florecen las flores, nacen los frutos. Y el hombre que siempre me gustó se abre paso, ocupa su lugar a mi vera, me besa. Le beso. Musito su nombre.   

Somos un mundo, un universo en el que sube el sol, mientras caen las estrellas. Y se enciende la luna. 

FIN

2 comentarios sobre “Aquí y así terminan los diarios de Ayanta

    1. Ayanta gracias por éste diario, ha sido una buena compañía en estos tiempos tan difíciles y extraños que nos ha tocado vivir. Que se termine pronto todo esto. Esperando con ganas
      leer tus próximas letras. Cuídate.

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