Galgo corredor. Los años guerreros, (1953-1964) de Fernando Sánchez Dragó

Por: Ángel Vivas.

EL LIBRO

EL COMUNISTA ACCIDENTAL

“Si eres un hipócrita, no te pongas a escribir memorias” (Galgo corredor, p. 38).

“Sin cárceles, sin exilios, sin viajes, sin libros y sin mujeres me quedo en nada”, dice Sánchez Dragó en un momento de estas memorias intensas, chispeantes y sinceras hasta el extremo. Efectivamente, esos cinco vectores (cárceles, exilios, viajes, libros y mujeres) marcan a fuego su biografía, y están especialmente presentes en el periodo que cubre este libro, el que va de sus 17 a sus 28 años, tiempo de cárceles y exilios, de primeros viajes y primeras mujeres, y de muchos, aunque no primeros, libros.

1953 es el año de su llegada a la universidad, momento decisivo que fue un parteaguas en su trayectoria vital, un momento iniciático, lo supiera él o no entonces. “Llegar a la universidad fue abrirme al mundo… mi segundo nacimiento”, sostiene Dragó. Fue una repentina salida del cascarón familiar y una entrada abrupta y feliz en la vida adulta, en el marco de un Madrid castizo y barojiano (el de la calle San Bernardo y sus aledaños, donde estaba a la sazón la facultad de Derecho), salpicado de cines con sesión matinal, tabernas y prostitutas que hubiera podido frecuentar no ya Baroja, vivo todavía ese año, sino casi el mismo Galdós. Una vida de golfemia, pero también de estímulos culturales, entre los que destacaban los frecuentes estrenos teatrales, en los que todavía se llevaban –o tempora, o mores– los intensos pateos si la obra no era del gusto de los jóvenes rebeldes.

Aquella ciudad sí era, desde luego, para alguien como Dragó; no así el mundo de las leyes y su facultad correspondiente. De modo que el momento iniciático tuvo una segunda parte mejor y más adecuada a los intereses del autor al año siguiente, cuando ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras. La entrada fue, claro, por el bar, por una puerta de atrás que era en cierto modo la principal, en cuyos muros podían entreverse todavía las consignas democráticas pintadas unos años antes por Nicolás Sánchez-Albornoz y Manuel Lamana, acción que acabaría con sus huesos en Cuelgamuros, de donde protagonizarían una sonada fuga. No tardaría mucho Fernando en dar con los suyos en la cárcel de Carabanchel.

El bar de la Facultad de Letras era la memoria de esos hechos, y era mucho más. Una mezcla de taberna castiza, en la que se expedían bocadillos de anchoas, queso y chacinería, junto a todo tipo de alcoholes, y de ágora ateniense en una atmósfera de libertad, permisividad y humo de tabaco. Dragó lo entendió enseguida, al encontrarse allí nada más llegar a un poeta que acabaría siendo casi una leyenda, Claudio Rodríguez, y a un personaje singular que se convertiría en un gran amigo: Gonzalo Torrente Malvido, una mezcla de pequeño delincuente y seductor al que siempre se le perdonaba lo primero en razón de lo segundo. En la facultad profesaban maestros irrepetibles como los filólogos Dámaso Alonso y Rafael Lapesa, el filósofo José Luis Aranguren o el arabista Emilio García Gómez, entre otros varios. Y el bar, en el que pocos años después asentaría sus reales otro personaje impar, Chicho Sánchez Ferlosio, era el rompeolas de todas las inquietudes literarias, políticas y sentimentales que rebosaban quienes entonces frisaban los veinte años.

Sánchez Dragó, con el estilo apasionado y vehemente, vibrante y brillante que le caracteriza, da cuenta de todo aquello, de sus experiencias personales y del contexto social y político, de su yo y sus circunstancias. Un libro de memorias siempre es –y este no incumple el precepto- el retrato de una época, de un tiempo y un país. La nueva vida de Dragó se desplegó en la España de aquellos años. Era en aquel Madrid…

Dragó dejó de ser el aplicado Nano del colegio del Pilar, el buen niño de familia bien. El tren de juguete de la imitación de las conductas ajenas, las ideas recibidas, las instrucciones obedecidas, las convenciones impuestas, los valores imperantes, iba a descarrilar. “La tentación de la bohemia, la vanguardia, el mujerío, el alcohol, la noche, el ateismo, la izquierda, la revolución y la rebeldía frente a todo –todo- lo establecido andaba ya, sin que yo lo supiera, a dos pasos de mi persona, rondándola, cercándola… y no tardaría en adueñarse de mí”. “Mi vida se encarrilaba ya por otros derroteros: el de la bohemia literaria, el de las actividades subversivas, el de las chicas y sus designios”.

“Fueron nueve años de juventud, egolatría, desafíos, bandazos y aprendizaje… Llegar a la Facultad de Letras fue como regresar a una casa en la que nunca había estado, pero que era la mía. Comparecer allí y sentirme como una semilla que cae en tierra fértil fue todo uno… Crecí y florecí entonces, en lo bueno y en lo malo, con una rapidez vertiginosa… empecé a saber quién era, para qué había nacido, adónde me dirigía y cuáles eran las líneas de fuerza, inamovibles, de mi carácter”.

Fueron, desde luego, años guerreros, No sólo por la lucha contra el franquismo (“fue una carnicería aquella guerra por la libertad”, cantaba Aute); sino porque –recuerda Dragó- también el amor es una guerra, y en este libro hay mucho amor, bastante sexo y alguna sonada y cruenta batalla de la eterna guerra de los sexos.

Sánchez Dragó nos ofrece el impagable testimonio de primera mano de quien vivió todo aquello desde dentro con esperanza y con convencimiento. Y lo hace –quien le conozca no esperaría otra cosa‒ sin maniqueísmos, sin caer en una historieta de buenos y malos.

Así, destaca la actitud conciliatoria y abierta de los falangistas del SEU que mandaban en los campus de España. “Tuve mis más y mis menos con los falangistas, pero guardo, con escasas excepciones, muy buen recuerdo de ellos. Eran gente bronca, de prontos, amiga de la sobreactuación y de reacciones muy ibéricas, pero bienintencionada, generosa y de embestida noble”, escribe. Y más adelante: “sin su comprensión y, a menudo, su colaboración, no hubiéramos llegado tan lejos como llegamos”. El SEU “era como una mujer acosada que deja de resistirse y se abre de piernas”.

Política y literatura

Metido de hoz y coz en aquel torbellino, Dragó ingresa en el partido comunista y se convierte en uno de los protagonistas de la revuelta estudiantil de febrero de 1956, junto a Javier Pradera, Enrique Múgica, Ramón Tamames, Julio Diamante y otros. Pero la política nunca fue una auténtica vocación en él. En el libro lo deja meridianamente claro en varias ocasiones:

“Por eso y sólo por eso, para correr riesgos, para sentirme en peligro, para imitar a Hemingway y a Malraux, hice algo que de otro modo nunca habría hecho, pues ni casaba ni casa con mi carácter: meterme en política”.

 “Mi interés por la política, pese a la vehemencia in crescendo con la que durante varios años se manifestó, era sólo una máscara de mi irrefrenable tendencia a vivir a contracorriente y de mi deseo de correr aventuras similares a las de los héroes de los libros”.

“Estuve reentrando y saliendo, saliendo y reentrando [del partido], hasta que mi paciencia se colmó. Los ideales comunistas eran incompatibles con los que mi conciencia, mi carácter y mi vocación literaria me proponían. Sea como fuere, no cabe duda de que la política, lejos de hacer extraños compañeros de cama, convierte en extraños a quienes antes de entrar en ella no lo eran”.

“Yo era un aventurero sin más aventura a mano que la de la clandestinidad antifranquista, pero la revolución me importaba un pito y el proletariado me daba repelús”.

“Sólo quería comerme el mundo a la manera de lord Byron o de Hemingway. Pero no tardaría en descubrir que la lucha contra el Caudillo era una de las maneras más eficaces y más divertidas para empezar a hacerlo”.

Pero su fuero interno se inclina a la literatura. Escribió entonces su primera novela, Eldorado, aunque esta no viera la luz sino hasta casi treinta años después. En su forja de escritor ejerció un magisterio decisivo el gran Gonzalo Torrente Ballester, padre de su amigo Torrente Malvido. “Sin su apoyo, su ejemplo y su espaldarazo todo habría sido muy diferente”. Muchos años después, el éxito fulminante de su Gárgoris y Habidis le convirtió en “el escritor más admirado y también el más detestado de las letras patrias”.

Con el tiempo, la política llegó a parecerle una “pérdida de tiempo en la que todas las ilusiones terminan por ser vanas”.

Cuando las actividades políticas clandestinas acabaron llevándole a él y a otros camaradas a la cárcel, ya podían distinguirse allí dos grupos: el de los futuros próceres (Enrique Múgica, Gabriel Elorriaga, Ramón Tamames, Javier Pradera) y “el de los literatos cachorros que estábamos allí por idealismo y que no veíamos en la política un trampolín ni una rampa de lanzamiento”.

Así, era inevitable que el grupo de amigos dejara de serlo al salir de la cárcel. Aunque “siempre quedó entre todos nosotros un vínculo de lealtad y fraternidad”. Prueba de ello es que el libro vaya dedicado a “los de entonces, sin excepción”.

Amor y martirimonio

Sánchez Dragó, que lleva sobre sus espaldas siete experiencias conyugales (tres con papeles y cuatro sin ellos) tiene una idea poco favorable del matrimonio. Tan poco favorable que ha acuñado el neologismo martirimonio para referirse a esta institución. Y cuando recuerda esas experiencias, es tajante: “¡Ojalá me quitasen lo bailado!”.

Entre todas, la que sin duda se lleva la palma (nunca mejor dicho hablando del martirio) fue la primera. La sinceridad que ha prometido al comienzo del libro (“si eres un hipócrita, no te pongas a escribir memorias”), así como el anuncio de alguna vendetta de tipo personal, parecen cumplirse especialmente en este capitulo.

Su primera boda “fue un desatino y un lastre”. “El primer error grave que cometí en la vida. Aún estoy pagando las consecuencias”, sostiene. Y el momento en que decidió casarse lo define como uno de esos “instantes catastróficos, momentos en apariencia inofensivos que llevan en sí, ocultos, latentes, al acecho, el germen de un cataclismo”. Él tuvo la malhadada idea de sugerirle a aquella novia veinteañera como él (que llegaba al locutorio de la cárcel “como siempre: llorosa, acusica, descontenta”) que era posible casarse estando en el trullo. “Aquella brujita cogió mi palabra al vuelo”. En realidad, debía de estar esperando esa ocasión que venía preparando a conciencia, encargándose de exhibir sus tetas –cuenta Dragó- ante los dilatados ojos de él en las sesiones de locutorio especial, “alentando con malicia el hervor de mi testosterona”.

Se casaron y los conflictos no tardaron en estallar. “Aún hoy, sesenta y dos años después, sigo preguntándome cómo pude estar tan ciego y ser tan gilipollas”. “El matrimonio me venía tan ancho como los zapatones de un payaso, pero al principio me divirtió”. “No había jornada que no trajese consigo algún incidente, algún desacuerdo, algún forcejeo, algún portazo”.

Los años no han aplacado la ira de Dragó contra quien califica de “embustera compulsiva”, que venteaba el fracaso con “olfato de bruja”, “daba crecientes muestras de desequilibrio, rayano a veces en la violencia”, “era una histérica, rencorosa, traicionera y vengativa” que “buscaba pelea” y mostraba una “granítica irracionalidad”. “Aquel matrimonio se estaba convirtiendo en algo bastante similar a un pugilato. No tenía una esposa, sino una enemiga”. Un día, al verle con otra, le apedreó literalmente. “Aquella mujer era tan venenosa como un alacrán”.

El apego a la bohemia de él era un constante motivo de fricción, que tampoco ayudaba a sobrellevar el martirimonio. En ese punto, Dragó reconoce también sus fallos: “Yo, como marido, era un desastre, y como padre, peor aún”; y recuerda aquello de monseñor Escrivá de Balaguer, que el matrimonio es para la clase de tropa.

Cuando me preguntan qué no volvería a hacer si naciese de nuevo, respondo que no me emparejaría, que no tendría hijos y que no me metería en política, afirma el autor.

“El amor romántico es cosa de dos y se vuelve impracticable cuando irrumpe en la vida de la pareja ese intruso que, admitámoslo o no, es un bebé”. En su vida de pareja no faltó tampoco esa guinda. Llegó un niño, al que dejó de ver cuando tenía un año y no lo reencontró hasta catorce años después. Siempre mantuvo relaciones difíciles con ese hijo que hoy tiene sesenta años. Su resentimiento –dice Dragó- se ha demostrado incurable; “sigue considerándose una víctima no de las circunstancias, sino de mi persona”.

Viajes por España

Comunista accidental y malcasado, el joven Dragó empezó a poner tierra de por medio en busca de horizontes más amplios, aunque no muy lejanos de momento. Antes de escapar a Italia (donde conocería a otro de sus amores: Caterina, la madre de su hija, la escritora Ayanta Barilli), huyendo de la persecución política, viajó por una España hoy irremediablemente perdida. Viajes por Mallorca o Torremolinos, con lo puesto, a la aventura, con un espíritu hippy caundo este movimiento casi no había nacido. Viviendo de fiado, enredándose en amores, dándose al dolce far niente en pueblos en los que si había extranjeros eran viajeros émulos de Gerald Brenan o Robert Graves, pero no hordas de turistas. O emulando a Hemingway en unos sanfermines (la más hermosa fiesta del mundo, coincide Dragó con el autor de París era una fiesta) “sin extranjeros, ni proetarras, ni berridos ideológicos, ni australianos dando tumbos”. Poniendo, en fin, el pico al aire del azar y del camino, que propician siempre encuentros insospechados y enriquecedores.

Junto a los libros y las mujeres, las cárceles y los exilios, los viajes son otro componente sin el que Sánchez Dragó no es inteligible. Y este libro los cuenta en páginas en las que brilla el buen estilo literario, apasionado y vitalista (o vividor) del autor.

Retratos y autorretrato

Y como buen libro de memorias que es, no faltan en este una serie de retratos de los muchos personajes con los que el autor se relacionó. Desde prestigiosos profesores como Dámaso Alonso, cuya erudición no le impedía ser frecuentador de bares de todo tipo, bien conocido de los camareros, y que llegó a ser detenido una vez en una bronca tabernaria; o Santiago Montero Díaz, “que en materia de alcohol aguantaba lo que le echasen”. Hasta compañeros de conspiraciones y cárcel.

Así, José María Ruiz-Gallardón, “persona muy inteligente, simpatiquísimo y algo calavera… De casta le venía y a su casta lo transmitiría”. “Desde que Ruiz-Gallardón salió de la cárcel, todo fue más aburrido en ella, pero aun así seguía siendo divertida”.

O Julio Cerón, “una de las personas más extravagantes, imprevisibles y sagaces que la rueda de la vida me ha permitido conocer”. Enamorado de la mujer de Javier Pradera (Gabriela Sánchez Ferlosio), Cerón, también casado, se veía con ella a escondidas en la casa de Dragó, vigilada esta por dos policías por estar Dragó en arresto domiciliario. The way we were.

Dionisio Ridruejo, que “caía bien a todo el mundo”. O un Jorge Semprún que “siempre iba a lo suyo y nunca daba puntada sin hilo que lo favoreciese”.

Y como egografía que es (el término es de Dragó), hay, sobre todo un autorretrato del autor. Este se muestra convencido de que quien ama el peligro se sale siempre con la suya y de que nunca hay que pedir permiso para hacer algo, sino hacerlo, y ya está.

Se identifica con aquello del If de Kipling -“si nadie, amigo o no, dañaros puede”- y afirma tener piel de rinoceronte, trayéndole al fresco las opiniones ajenas. Su receta: pasar de largo, sonrisa en ristre, ante los denuestos y ante los elogios, prefiriendo, caso de tener que elegir, los primeros a los segundos. “La dependencia emocional del prójimo, y no digamos el sometimiento a la calificación que nuestra conducta o nuestras ideas y opiniones le merezcan, es un comején que condiciona la voluntad, hipoteca la libertad, socava la identidad”.

Otras pinceladas de su autorretrato: “Pesa más lo que se pudo hacer y no se hizo que lo hecho”. “Nací insultantemente joven… y sigo viviendo como si lo fuese… A este paso me iré a la huesa con acné”. “Las mujeres siempre me han dado miedo. Lloriquean. Sus lágrimas son chantajes. Montan escenas. Eso me vence. Su histeria, palabra de origen griego que viene de útero, me acollona”. En todo caso, y a este respecto, confiesa una debilidad: “Las lágrimas femeninas, a las que tan devotas son las mujeres cualquiera que sea su edad y su condición, siempre me han desbordado y derrotado. Mi sistema inmune emocional se paraliza ante ellas”.

Afirma que “el corazón es un río con muchos recodos” y suscribe la cita anónima con la que encabeza un capítulo: “La vida no es un problema para ser resuelto. Es un misterio para ser vivido”.

Sobre la democracia, tras haber luchado en su juventud por traerla, , “no movería un dedo a su favor si volviese a tener la edad que tuve en los años que este libro evoca”.

Hay confesiones, en definitiva, que extrañarán al lector, pero ahí quedan: “Los escándalos han sido una de las constantes de mi vida”. “Mi sueño es pasar inadvertido. Palabra. Pero no hay forma. Es el gran fracaso de mi vida”.

Aunque más sorprendente todavía es el reconocimiento de que en algunas de sus fantasías sexuales se identifica con la mujer, movido del “deseo de ser mujer y de sentir en los lances de amor lo que las mujeres sienten… ¿Oscuro amago de larvada homosexualidad? No lo excluyo”. Y más: Recuerda que en su noche de bodas, pasada en el trullo, dos compañeros, bromeando, le metieron en la celda a “la mariquita más resultona de la cárcel, para que yo me desahogase, pero no le hice nada. De pillarme ahora, las cosas habrían sido distintas”.

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