Hoy va por ti, dire

El colmo. Escribo este editorial sentada en un patio de Atresmedia. He venido a acompañar al dire, que anda inmerso en la promoción de su libro ‘Galgo corredor. Los años guerreros’, y en todo un edificio de televisión no he encontrado un sitio con wifi o cobertura. Hay que ver… Lo que tiene que hacer una. Espero que el dire sepa compensarme porque esta escena es de traca: Madrid, mes de julio, doce del mediodía, treinta y cuatro grados a la sombra y, mientras él luce palmito en Espejo Público, yo estoy aquí plantada, escribe que te escribe, para aportar algo a este número de La Retaguardia que, como ven, es diferente a todos los demás. Es un monográfico sobre Dragó y su nuevo libro. La ocasión lo merece. El volumen, que sigue la senda de Esos días azules, es la segunda parte de sus memorias. En este tomo, que llegó ayer a las librerías de España, Dragó cuenta todo lo que sucedió en su azarosa e intrépida vida desde el año 53, fecha en que empieza la universidad, hasta el 64, año en que parte hacia el exilio. Son casi seiscientas cincuenta páginas. Obra mayor. Libro de lomo grueso. He de confesar que a mí me altera leerlo y me cuesta escribir sobre él. Es la época dorada que yo siempre quise vivir. Los cincuenta, los sesenta, los años locos, políticos y bohemios de inmersión en el Partido Comunista, del apogeo vital, de casi todos los momentos estelares del autor y del rompimiento de gloria de la juventud. La época es aquella en la que había que vivir sin dejar nada para mañana. ‘Galgo corredor’ es como viajar al pasado y encontrarse con el Dragó más auténtico. El del joven que quería leer todos los libros, besar a todas las mujeres y correr, al precio que fuese, delante del toro de la vida. Ya lo decía su madre…


El libro es un retrato claro, justo y bien medido de un joven que, a muy corta edad, descubrió el placer de los libros, de lo prohibido, de la aventura, de la juventud eterna, del amor, de la pasión, de los viajes, de la búsqueda de la libertad y de la premisa que le acompañaría durante toda la vida: cabalgar por ésta sin dejar pasar una sola oportunidad de diversión y descubrimiento. ‘Galgo corredor’, para que se hagan una idea, es íntimo, pero también distante. Como su autor. Es como mirar a alguien desde la lejanía de la mesa de enfrente y empezar a descubrirlo. Si me permiten una recomendación, lean ese libro. Dragó es el prota, sí, pero hay mucho más. En sus páginas se cuelan personas conocidísimos como Enrique Múgica, Ramón Tamames, Jorge Semprún, Ángel Sánchez Gijón, Corrado Augias… Y es también un retrato de la España de aquel momento: la de las detenciones políticas, la de los sótanos de la DGS, la de Carabanchel, la de los primeros momentos de la dictadura franquista, pero también la España de la libertad, del alborozo, de verbenas, de la época en blanco y negro.


A estas alturas de su vida, a Dragó se le ve llegar desde la historia lleno de mitología, memoria azul, exilio y vida vivida. Y ahora está aquí, joven y viejo, con un libro recién publicado que da, precisamente, las claves para entender por qué ha llegado a ser quien es, sin dejar de ser él, el de entonces. Siempre el mismo y siempre diferente. Dragó, y así lo ha puesto de manifiesto en el libro, tiene forma de recuerdo y de consigna de juventud. De libro. De todo lo que el viento se ha llevado y de lo que le queda por llevar. Él es la voz de lo que sucedió entonces. La crónica de una época.
Imagino ahora a Fernando como una esponja, como un bloque de cera virgen, aprendiendo en la universidad, en la cárcel, en el exilio. Por todo eso, y pese a quien pese, Fernando, para mí, es literatura. Es capaz de crear un idioma y trazar mapas del tesoro a través de las fieras del tiempo con un libro en la mano. Es algo así como Tom Sawyer, como Guillermo Brown, como Ulises, como Sinuhé el Egipcio. Tiene pasión por la vida, ama el riesgo y confía en la imaginación, en el sentido del humor y en la rebeldía. Él es como encontrar a Ítaca en el camino hacia Ítaca. 


Asumo que, quizá, este editorial no sea del todo objetivo. Poco a poco, Dragó se ha ido convirtiendo en una especie de Peter Pan particular que me lleva de la mano a las islas de la literatura, que me enseña en qué consiste el arte de aprender a vivir, a soñar, a ponerse de perfil cuando las cosas no salen como uno espera, a correr el albur de los argonautas buscando las fuentes del Nilo y a repetir una y otra vez, una y otra vez, que nada importa nada, que no importa el destino, que lo que importa es navegar. Me enseña, en una palabra, a aprender. Y pienso que, aunque sólo sea por eso, le debo gratitud y lealtad. Sirva este editorial, dire, para agradecerte ambas cosas y para felicitarte por un libro muy tuyo en el que, lejos de ser personaje, eres persona.

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