La educación sentimental de Fernando Sánchez Dragó a través del cine

Por: Javier Redondo Jordán.

Como tantos otros niños nacidos en la primera mitad del siglo XX, el cine conformó el imaginario sentimental de Fernando Sánchez Dragó. Él mismo lo cuenta en el primer tomo de susmemorias, Esos días azules: memorias de un niño raro (Planeta, 2011) y, ahora, también en Planeta, en su reciente segundo volumen: Galgo corredor. Los años guerreros (de 1953 a 1964).

En sus primeros años de juventud, de hecho, su vocación de escritor buscaba acomodo entre la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid y la especialidad de Dirección en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, cuyas pruebas de ingreso eran conocidas por su dificultad. Durante dos años simultaneó las incontables asignaturas sumadas entre ambas facultades hasta que la literatura, la política, las chicas, la jarana y el alboroto contra Franco aparcaron por el momento el cine en la vida de Dragó.

Judy Garland en El mago de Oz (Victor Fleming, 1939)

Hasta esos días de 1957, el principito que todo lo aprendió en los libros ―así lo llamaba su padrastro― era también asiduo a las salas de cine. Los recuerdos parvularios de su primera película, Las cuatro plumas (Zoltan Korda, 1939), se mezclan todavía con el olor del desinfectante de las butacas de los años 50. Más tarde, en su séptimo cumpleaños, en un cine de los suburbios madrileños descubriría de la mano y de los pies de Judy Garland el lado femenino de la realidad en El mago de Oz (Victor Fleming, 1939).

A partir de ahí el objeto de su amor infantil y adolescente se encarnaría en actrices que transfiguraban el celuloide, la luz y las no pocas sombras de la patalla blanca, como Madeleine Carroll en Virginia (Edward H. Griffith, 1941), Jennifer Jones en Retrato de Jennie (William Dieterle, 1948), Marianne Hold en Lili Marlen (Paul Verhoeven, 1956) y Natalie Wood en Esplendor en la hierba (Elia Kazan, 1961).

Natalie Wood en Esplendor en la hierba (Elia Kazan, 1961)

El despertar sexual de aquel niño llegaría tarde o temprano, y sucedió también en un cine. En el invierno de 1951 fue a ver al Cine Infantas de Madrid en compañía de su madre la comedia Mi espía favorita, de Norman Z. McLeod, con Hedy Lamarr como protagonista. Cayó de hinojos ante la exuberancia de la carne y su vida, desde entonces, cambiaría para siempre. No sólo se rasgaban las medias de Hedy Lamarr en la película, también un velo caía en la mirada del jovencito Dragó.

El cine y la literatura han caminado siempre uno al lado de la otra. Con la imagen de Hedy Lamarr en la memoria, mucho tiempo después Dragó escribiría en La Habana el guión cinematográfico de una película que jamás se rodó. Se titulaba Retrato de familia, y en él aparecía un personaje femenino llamado Kenia, trasunto de aquella espía favorita y de una jinetera rubia que se le había montado en el coche por las bravas viniendo de Trinidad, a la que también se hacían carreras en las medias de costura cuando su amante la besaba.

Hedy Lamarr en Mi espía favorita (Norman Z. McLeod, 1951)

Las páginas de Galgo corredor. Los años guerreros (de 1953 a 1964) abarcan el período universitario y carcelario de su autor hasta el comienzo de su exilio político. Con toda seguridad, en todos esos años de descubrimientos, bohemia, intrigas, aventuras, comedia y cautiverio Dragó debió verse a sí mismo émulo de las películas que le hacían soñar, como La tragedia del Bounty (Frank Lloyd, 1935), Capitanes intrépidos (Victor Fleming, 1937), El hotel de los líos (William A. Seiter, 1938), La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938), Beau Geste (William A. Wellman, 1939), La diligencia (John Ford, 1939), Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942), Pasión de los fuertes (John Ford, 1946), Mil ojos tiene la noche (John Farrow, 1948), El manantial (King Vidor, 1949), La jungla de asfalto (John Huston, 1950), Atraco perfecto (Stanley Kubrick, 1956), Centauros del desierto (John Ford, 1956), Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959) y El apartamento (Billy Wilder, 1960).

Luego, a partir de su huida a Italia, vendrían los largos viajes y el descubrimiento del mundo aún virgen, reflejado en películas de su gusto como La escapada (Dino Risi, 1962), Las minas del rey Salomón (Compton Bennett y Andrew Marton, 1950), La reina de África (John Huston, 1951), Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953), Father Panchali. La canción del camino (Satyajit Ray, 1955), Picnic (Joshua Logan, 1955), El río (Jean Renoir, 1951), Hatari! (Howard Hawks, 1962), América, América (Elia Kazan, 1963), Junior Bonner (Sam Peckinpah, 1972), El cazador (Michel Cimino, 1978) y You’re the one. Una historia de entonces (José Luis Garci, 2000). De entre todas ellas, es muy posible que su favorita sea La balada de Cable Hogue (Sam Peckinpah, 1970).

Fernando Sánchez Dragó en Géminis (Jesús Garay y Manuel Revuelta, 1982)

De regreso en España, a lomos ya de la fama que le proporcionó Gárgoris y Habidis (Premio Nacional de Ensayo 1979), incluso participó como actor en algunas películas, como Géminis (Jesús Garay y Manuel Revuelta, 1982), El río que nos lleva (Antonio del Real, 1989) y Corazón de bombón (Álvaro Sáenz de Heredia, 2001). Aparte, durante años sería contertulio recurrente del programa cinéfilo ¡Qué grande es el cine!, dirigido y presentado por José Luis Garci.

La cumbre de la carrera cinematográfica de Dragó, sin embargo, ocurrió lejos de España. Cuenta José Luis Garci que, durante una estancia en Nueva York en 1983, recibió por sorpresa una invitación de la oficina de Samuel Bronston, el gran productor de Hollywood. Su asombro fue en aumento cuando no sólo lo recibió en su despacho el propio Bronston, sino que, evocando sus buenos tiempos de rodajes en los estudios de Chamartín y de Las Matas, le contó que había encontrado el que sería el mayor proyecto de su carrera: una película sobre Isabel la Católica dirigida por un director español como Garci, protagonizada por Meryl Streep y basada en el guión de un escritor español que le había entusiasmado. Bronston lanzó el rimero de folios encuadernados sobre la mesa delante de Garci y, cuando éste leyó el nombre de su autor, tuvo que frotarse los ojos. Allí, en la portada del guión alrededor del cual iban a girar los nombres de Isabel la Católica, Samuel Bronston, Meryl Streep y José Luis Garci, figuraba como autor Fernando Sánchez Dragó. Como tantos otros proyectos, aquél se quedó en alguno de los infinitos eslabones de la cadena que permite que una película abandone el territorio de los sueños y tome cuerpo en la pantalla de una sala oscura.

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