Si eres un hipócrita, no te pongas a escribir memorias…

Esa frase figura en una de las páginas ‒a saber cuál… Tiene nada menos que seiscientas treinta y ocho incluyendo el índice onomástico‒ del libro que hoy mismo, día 7 de julio, llega a las librerías reales y virtuales. Se llama “Galgo corredor. Los años guerreros (1953 a 1964)”, lo edita Planeta y es el segundo volumen de mis memorias. He trabajado duro, muy duro, en esa obra, que es épica, ambiciosa y de largo aliento. Han sido dos años de trabajos forzados por el impulso, casi tiránico, de la vocación literaria que se manifestó en mi primera niñez y que nunca me ha abandonado. En ella encontrará el lector, como señala Ángel Vivas en el informe encargado por la editorial, todo lo que es de rigor en unas memorias: el retrato de un país, de una sociedad, de una época, del autor, de su peripecia vital en los años de la primera juventud, que también fueron cruciales en el devenir de la historia de España, y de las gentes que lo acompañaron en esa andadura. 

CITAS INICIALES

                  De niño me sentía solo, y todavía me siento así,

                  porque sé cosas e insinúo cosas que otros parecen

                  no conocer y la mayoría no quiere saberlas. La

                  soledad no consiste en no tener personas alrededor,

                  sino en no poder comunicar las cosas que a uno le

                  parecen importantes o en callar ciertos puntos de

                  vista que otros encuentran inadmisibles.

                       CARL GUSTAV JUNG Recuerdos, sueños,

                         pensamientos. 

                  Hay cosas que no pueden decirse, y es cierto. Pero

                  eso que no puede decirse es lo que se tiene que

                  escribir.

                          MARÍA ZAMBRANO, Por qué se escribe

                   El arte es nuestra enérgica protesta, nuestro

                   valiente esfuerzo para enseñar a la naturaleza cuál

                   es su verdadero lugar.

                            OSCAR WILDE, La decadencia de la mentira

                  La nación que se empeña en trazar una ancha línea

                  de demarcación entre el guerrero y el pensador se

                  arriesga a que, un día, sus batallas sean libradas por

                  ignorantes y sus ideas sean pensadas por cobardes.

                    CHARLES GEORGE GORDON (tomado de Tucídices).

                              

                  Prefiero conocerme a mí mismo que conocer a

                  Cicerón.

                                                           MONTAIGNE

                   No enseño. Cuento.

                                                           MONTAIGNE

DECLARACIÓN DE INTENCIONES 

                                         Amigo que no me lee

                                         amigo que no es amigo

                                         porque yo no estoy en mí

                                         más que en aquello que escribo.

                                             JOSÉ BERGAMÍN (cit. por Andrés Trapiello)

                   La lectura permite descubrir al otro conservando

                   esa profundidad que sólo se tiene cuando estás

                    solo.

                               AMÉLIE NOTHOMB, Una forma de vida.

La única literatura que me interesa es la egográfica. De ahí que casi todos mis libros, sin excluir los ensayos, pertenezcan a ese género.«Todo lo que no es autobiografía es plagio», escribió (o dijo) César González-Ruano. Es sólo una opinión, pero yo la suscribo. Mis modelos son Montaigne, Casanova, Walt Whitman, Henry Miller… Y Trapiello, en su Salón de pasos perdidos. 

Hay otros escritores por los que siento estima, a veces muy alta, pero no querría haber escrito sus libros, por admirables que sean, pues me resultan ajenos y mi memoria termina siempre arrinconándolos.

Llamo malos escritores, a priori y sin otorgarles el beneficio de la duda, a quienes inventan historias supuestamente objetivas pensando en el interés y el gusto de los lectores. Yo nunca lo he hecho y jamás lo haré. Esos autores rinden culto a la moda, al vulgo, al dinero, al poder, a la vanidad o a los valores dominantes, y son asalariados a sueldo de cualquier postor o impostor. Yo no vendo libros. Los escribo. Quienes los venden son los editores, los distribuidores y los libreros, y cuando lo hacen, se lo agradezco, pero nada más.

Llamo buen escritor, a priori y concediéndole el beneficio de la presunción de excelencia, al que sólo intenta escribir los libros que le gusta leer. Yo, a veces, leo por curiosidad o por obligación cultural (la presión del entorno) y profesional (mis programas televisivos o radiofónicos), pero cuando lo hago por devoción y en libertad, sólo leo memorias, autobiografías, biografías, diarios, epistolarios, confesiones, libros de viajes… Egografías, a condición de que no sean hagiográficas, pues los santorales están reñidos con la literatura. Ésa es la única razón por la que casi todos mis libros, como ya he dicho, pertenecen al género egográfico. Éste también.

«¿Por qué iba a interesarle a nadie mi vida a menos que estuviese escrita como una novela?», se preguntó James Salter cuando un editor le propuso que escribiera su autobiografía. Tenía razón, pero también la tengo yo, por ley de soberanía literaria, si me pregunto por qué va a interesarle al lector una novela que no sea trasunto explícito o alegórico, en primera o en tercera persona, de la vida del autor. Y era el propio Salter quien creía, como Céline, que hay que pagar por lo que uno escribe. «Una historia inventada —añadía— carece de valor.  La única historia que cuenta es aquélla por la que debes pagar. Sólo cuando la has pagado tienes derecho a transformarla.» 

     Así lo reconoce en el último libro que publicó: El arte de la ficción.

Cuando salió el primer volumen de mis memorias (Esos días azules), que cubre desde el 1 de enero de 1936, año en que fui concebido y nací, hasta el 2 de octubre de 1953, fecha de mi aterrizaje en la universidad, tuve que someterme a la habitual campaña de promoción. Las preguntas formuladas por los entrevistadores fueron, en líneas generales, las que cabía esperar, centrándose casi todas en el sexo y en las confesiones picantes o yéndose por ramas que no salían del tronco de mi libro, pero en algunas ocasiones, ni muchas, ni pocas, indagaron por algo que me sorprendió. Querían saber, sintiendo o simulando extrañeza, por qué escribía unas memorias. ¿Acaso daba yo mi vida por terminada?

Era evidente que no me entrevistaban por ser escritor, sino por tener fama —decían— de suscitar polémicas y dar titulares. Buscaban al supuesto provocador, cosa que en modo alguno soy, por más que mis ideas y opiniones resulten, a me-nudo, provocadoras. No les interesaba mi libro ni la persona que lo había escrito, sino el personaje, ajeno a mí, que ellos mismos o sus colegas habían fabricado. ¿Que por qué escribo unas memorias? ¡Caramba, amigos! ¡Qué pregunta! Escribir memorias equivale a alargar y ensanchar la vida, entre otras cosas, y no a ponerle punto final. 

 Borges, en Profesión de fe literaria:«Este es mi postulado: toda literatura es autobiográfica». Me lo recuerda Iñaki Uriar-te en el primer volumen de sus Diarios (2004-2007). Y añade: «En el siglo IV san Agustín dijo que a Dios había que buscarlo dentro de uno mismo y no en el mundo exterior. Entonces decidió contar su vida de pecador juvenil y su conversión al cristianismo […]. Lo inaudito es que hasta san Agustín apenas se hubiera escrito casi nada en primera persona del singular y que tuvieran que pasar más de mil años hasta que alguien volviera a hacerlo […]. Cardano escribió Mi vida en 1576, un año antes de morir […]. Compuso un libro muy íntimo, mucho más lleno de detalles particulares que de grandes pensamientos moralizantes y dejó una de las primeras imágenes en letra impresa de un individuo: el autorretrato emotivo y vivísimo de un tipo estrafalario, inteligente, difícil de tratar. Unos pocos años antes Cellini había tenido la ocurrencia de dictar su vida a un joven ayudante mientras trabajaba en el taller. El resultado fue otro libro extraordinario: De vita propria, que se lee como una novela moderna y enseña más sobre aquella época final del Renacimiento que veinte enciclopedias de historia del arte».

A todos ellos, y a otros muchos, me remito. El término memorias, aplicado a la literatura, es anfibológico. Las hay de distinta índole. Pueden ser confesionales, reflexivas, justicie-ras, belicosas, amistosas, líricas, épicas, nostálgicas o mera-mente narrativas y, por ello, novelescas. En las mías, como ya he dicho, hay mucho de todo eso, sin excluir alguna que otra vendetta de carácter estrictamente personal. Quien se adentre en la lectura de este libro encontrará en él, por añadidura, así sea sólo en grado de tentativa, el retrato de una época que fue crucial para la historia de España, del estilo de vida de un país sujeto entonces a un proceso de discreta y, a la vez, convulsa metamorfosis y de las personas que lo protagonizaron.

Fiel yo, así mismo, a mi habitual estrategia literaria de work in progress, no son sólo cosas de un ayer remoto las que aquí se evocan. «Hoy es siempre todavía», escribió Machado. «El futuro tiene un corazón antiguo», añadió Carlo Levi, y el presente, incluyendo el de mi persona, no digamos. Mi vida, de momento, sigue, aunque algunos periodistas piensen lo contrario, y yo, como todo el mundo, y como dijo Ortega, también sigo siendo yo y mis circunstancias.

Vale ya. Me interrumpo aquí para no transgredir en demasía uno de los preceptos de Hemingway. Ése que dice: «no tratéis de explicaros». Arranque ya el segundo volumen de mi egografía…

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