A cuento de mi último editorial

Ya saben que en él hablaba de ‘Galgo corredor’, el nuevo libro del dire. Como casi todo lo que él escribe, este volumen es también autobiográfico. Días después de la salida del libro y del editorial de marras, encontrándome yo en un café de Madrid, sentada a la fresca y resistiendo las embestidas veraniegas, un lector de esta revista me preguntó: “¿Tú crees que lo que escribe Dragó es todo verdad? Yo no lo creo. La literatura autobiográfica es siempre falaz”. Fin de la cita. 

Querido lector, sin tú saberlo, me diste la idea para exprimir mis, a estas alturas del mes de julio, castigadas neuronas y escribir hoy este editorial. Por si me lees, trataré de explicarte de nuevo lo que aquel día pretendía transmitirte. Yo creo que, en la literatura, nada hay más difícil de esconder que la falta de sinceridad. Es decir, ésta descubre su juego a las pocas líneas, pues ningún escritor puede convencer al lector de cosas en las que no cree. Hay, desde luego, personas que tienen una visión estrecha de la literatura cuando niegan el saludo al autobiografismo franco y explícito. Ya, ya sé que debemos mucho a la literatura de invención pero… ¿Te has parado a pensar en lo copiosa que es la nómina de autores que han convertido su propia vida en materia de la obra? No resisto a la tentación de recordarte algunos: Cèline, Dostoyevski, Orwell, Montaigne, Mark Twain, Hemingway o incluso Goethe, aquel que decía que “se debe ser algo para poder hacer algo”. 

¿No coincides conmigo en que la lírica es, por definición, explícita autobiografía? Es, además, una forma de encontrarse a uno mismo en la autoreflexión. Lee, por ejemplo, a Henry Miller, que supo escribir sobre la parte amorosamente lasciva del mundo, que contó sus noches quemadas con borrachos y sus albas quemadas con prostitutas. 

Todos los escritores tienen limitaciones, pero, para mí, ganan lo que no se limitan a comunicar con la literatura, sino que la expresan, la amasan, la retuercen a su gusto para que el lector llegue a entender, de lejos, lo que el autor ha sentido. Es muy difícil dedicarse a expresar el mundo vivido sin poner parte de esa vida en la revelación de la propia persona. No se trata de ver el baile desde el balcón.

Querido lector, confío en que puedas entenderme y comprendas que no me queda tiempo para seguir exponiendo aquí más argumentos a favor del autobiografismo, al desde luego considero una de las actitudes más explosivas para hacer saltar las barreras que el mundo de nuestros días opone al escritor. 

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