Esos redomados onanistas del tebeo o por qué es usted un zoquete si no sabe quiénes son Guido Crepax, Chris Ware o Franz Maseret

Por: Fernando González Viñas. Corresponsal en Tokio.

Surgidos con la cultura creada a raíz del nacimiento de los medios de comunicación de masas, convertidos en objeto de uso diario de las masas populares, los tebeos, cómics o historietas fueron durante la mayor parte del siglo XX considerados un subproducto cultural. Fue en 1962, en el artículo “Masscult and Midcult”, del sociólogo estadounidense Dwight MacDonald, cuando por primera vez se acuñaron los términos que dividían la cultura de forma clasista. Los cómics, vistos así como un perfecto representante de producto popular y alejado de la alta cultura o highcult, se vieron sometidos al desprecio, hasta el punto de que sus editores y sus autores –guionistas y dibujantes- fueron incluso tenidos como los culpables de la delincuencia juvenil en los EE. UU., donde una diatriba en forma de libro (Seduction of the Innocent, 1954), de un doctor germano apellidado Wertham, provocó un seppuku colectivo mediante la imposición de un código ético que acabó durante tres decenios con la sangre y las vísceras en los cómics mientras Vietnam se rociaba con Napalm.

Los puntos de venta de los tebeos, los kioscos, y su enfoque mayoritariamente infantil, salvo majestuosas excepciones (especialmente en los diarios norteamericanos, con ejemplos como Krazy Kat de Herriman, o el Tarzán de Burne Hogarth), contribuían a que los tebeos fuesen considerados un asunto de la Masscult más despreciable y vil. En otras palabras, que los representantes de la high culture, los aficionados a la ópera o los lectores de Sartre, presumirían de haber leído Las muy ricas horas del Duque de Berry (1416), de los hermanos Limbourg, pero jamás se habrían atrevido a entrar en una barbería o en una tienda de ultramarinos portando en sus manos Mon libre d´Heures (1919), novela gráfica primigenia de Frans Masereel. Masereel se decantó en época expresionista por llevar su arte a una obra que es un cómic mudo, a semejanza de lo que otros artistas del momento como Max Ernst o Lynd Wart también realizaron. Aún así, la high culture consideraba que mirar los colorines de un libro medieval era más chic que la obra moderna y transgresora, en blanco y negro, de un contemporáneo.

Con el avance del siglo, algunos autores del cómic comprendieron que lo suyo, aunque se vendiese a 10 céntimos en los kioscos, podría ser cultura masiva y popular, pero no baja cultura o low culture. En realidad, hubo que esperar hasta que en 1992, cuando la novela gráfica Maus de Art Spiegelman fue galardonada con un premio Pulitzer para que se tomara consciencia de que no estábamos hablando de cultura despreciable ni a la que se le pusiese mirar por encima del hombro desde la Documenta de Kassel, Arco o la Ópera de París. En Maus había ratones y gatos hablando, también perros, y tras esa aparente gilipollez se escondía uno de los relatos más descarnados sobre el nazismo y el Holocausto que jamás se hayan escrito/visto/dibujado. No obstante, antes de esta obra existen ejemplos en los que el cómic debe ser considerado una obra elevada, como la Valentina de Guido Crepax (1965), cuyos textos e imágenes contienen multitud de referencias artísticas y literarias de la llamada high culture, incomprensibles, por tanto, para los que algunos consideraban el habitual (y despreciable) lector de cómics hasta aquel entonces. Incluso actualmente y entre muchos de los que han leído la obra de Crepax, lo primero que aparece es la idea de una obra para onanistas sadomasoquistas en la era prevídeosporno o premilenial, expresión que situará a algunos mejor y desconcertará a otros. Y sí, había mujeres esculturales en Valentina, vestidas con cuero, en posturas indecentes para cualquier beata o beato religioso o ateo, y había látigos y cuerdas, muchas, muchas cuerdas, referencia al Bukake japonés; por supuesto que lo había, porque había que vender, era el anzuelo detrás del que se escondía una narrativa contemporánea y unas referencias que no estaban al alcance de cualquiera. Pero, más allá de esa superficial apelación a los instintos del voyeur pasivo o activo, había en Valentina un autor culto que escribía y dibujaba una obra high mientras al mismo tiempo, curiosamente, el artista Roy Lichtenstein dibujaba viñetas a gran escala y las vendía a precio de Potosí en las galerías de Arte, con soberbias mayúsculas. 

A finales del siglo XX y especialmente con la llegada del XXI, los tebeos comenzaron de pronto a llamarse cómics y para que el visitante de la ópera pudiese echarle una ojeada en la FNAC, se acuñó el rimbombante término de “novela gráfica”. Si fue antes el huevo o la gallina es lo de menos, pero lo cierto es que los kioscos comenzaron a vender cachivaches, muñecas Barriguitas vestidas de esquimales –las nuevas demandas de la cultura de masas- y los cómics se retiraron orgullosos a un lugar menos expuesto: librerías y tiendas especializadas serían desde entonces el club de la masonería de esa mid y high culture que durante demasiado tiempo había sido despreciada por los amantes del sibaritismo superficial, aquellos que siempre consideraron que la cultura realizada o destinada a la masa es opio barato e insustancial.

El hecho de haber encontrado un lugar oscuro en el que venderse no ha evitado que esta nueva high culture en viñetas sea ignorada por quienes pretenden conocer la cultura de su época y las anteriores. Craso error para la intelectualidad y aquellas personas que se consideran cultas por saber quién era Wagner, han leído a Houllebecq o tienen en su casa una obra de Miró. Nadie ha escuchado entera las 16 horas del Anillo de los Nibelungos, leído todos los libros de Houellebecq, ni distingue un óleo pintado por Miró de otro falsificado con el mismo número de estrellas. Pero, al menos, esas personas de la cultura elevada conocen de lo que se está hablando si se cita a Wagner o a Miró, es decir, tienen unas nociones mínimas de las grandes gestas culturales de la humanidad.

Y he aquí que, esas personas que dicen conocer la high culture, son absolutos zoquetes si desconocen la Valentina de Crepax, las novelas gráficas de Chris Ware, la obra en viñetas de Charles Burns o el Watchmen de Alan Moore. Esas personas son unos absolutos zoquetes porque no saben nada de los cómics, que es uno de los fenómenos culturales más representativos y elevados del tiempo en el que están viviendo. ¿Y por dónde debemos empezar para ser conocedores de esa high culture, ex low culture?, se preguntarán los que quieren dejar de ser unos zoquetes ¿Por la obra de Ware? ¿Por la novela gráfica Sabrina de Nick Drnaso (posiblemente la mejor novela -incluidas las novelas– americana de los últimos años)? ¿Por la obra de Daniel Clowes? ¿Por Vision del guionista Tom King con dibujo del español Hernández Walta? Puede usted empezar por donde le plazca, pero no se olvide de la mísera y malvada Doña Urraca de Jorge, y cuando llegue a la viñeta en la que esta maligna y casi calva mujer española de la década de 1950 se asoma, agarrándose a los bordes de una viñeta, a la viñeta contigua, comprenderá que quizás Beethoven no, pero Salieri, al lado de Doña Urraca es cultura vacua, por muy high que la disfracen.

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