La prueba: Robarts del monóculo

Por: Eduardo Torres-Dulce.

Sir Wilfrid Robarts, apodado el Zorro, especialmente por  Miss Plimsol, su dilecta  némesis y  enfermera que cuida de sus achaques de salud controlando sus excesos, sean los del trabajo como los de su epicúrea existencia, esto es  comida, tabaco y bebida, es un barrister, un ser privilegiado que habla de tú con los altivos dioses, llamados jueces, que administran justicia en los altos tribunales ingleses; uno de los más reputados personajes de cualquiera de las venerables asociaciones de abogados que habitan en las estancias del Temple londinense. Un club muy privado solo para Q.C, Queen Counsellors, los letrados que actúan en casos de envergadura bien ante el Tribunal de lo Criminal en el famoso Old Bailey, bien en resonantes casos que se ven en la High Court. Robarts ha dedicado toda su vida a ejercer ese su oficio de abogado y sólo concibe la vida si esta se envuelve en la toga, en el rollo de papeles de un caso y en la vista ante un tribunal. Esa dedicación, yo diría que obsesiva, unida a su estilo epicúreo de vida le han llevado al hospital por culpa del corazón, sus enemigos, legión, descubrieron con regocijada sorpresa que Robarts poseía esa fibra que recoge no solo el índice del colesterol o el estrés de vida, sino lo que de verdad da razón de ser de estar vivos (y a veces por qué lo estamos). 

Conocemos al Zorro Robarts justo cuando acaba de salir, quizás de forzar su salida, del hospital en cuyo personal ya hacían estragos sus irreverentes comentarios escapados de una lengua viperina y su rebeldía a ser torturado por cualquier cuidado médico incluido la demandante enfermera que le ha sido asignada. Sus hazañas nos son conocidas  primero por Agatha Christie en  un relato, Witness for Prosecution (Testigo de Cargo) convertido en obra teatral de éxito en el West End y luego de la mano de Harry Kurnitz, un reputado novelista y guionista, su fuerte era la construcción de sólidas tramas, en turbulenta colaboración con Billy Wilder, éste último un émulo de Robarts en cuanto al uso irreverente, ingenioso y vitriólico de la lengua y graduado en la prestigiosa Universidad de guionistas Ernst Lubitsch. Con el magnífico material narrativo de Christie, Kurnitz y Wilder, introduciendo notables y decisivos cambios, lo convirtieron, dirigida por Mr. Billy Wilder  de manera magistral, en una magnífica película filmada en un sobrio blanco y negro que es un modo de presentar casos judiciales en imágenes que destilen la emoción de algo ni real ni ficticio por completo .Ese sobrio blanco y negro de la fotografía, cortesía de un maestro de la iluminación cinematográfica llamado Russell Harlan, es precisamente lo  único sobrio en esa película dominada por la gargantuesca y colosal actuación de Charles  Laughton  como Robarts, la irónica sutileza de su esposa la actriz Elsa Lanchester, Miss Plimsol, su enfermera y la  elegante y malévola presencia de Dietrich como Christine Vole, loca de amor  y celos por su marido Leonard Vole (Tyrone Power), un bandarra sin moral y sin sentimientos  al que la Policía  y el Fiscal, quizás sepan que en Inglaterra no había por entonces una  carrera Fiscal y que la Corona contrataba  a letrados Q.C., para que representen el  ius puniendi del Estado como acusación de la Corona, acusan de haber planeado y asesinado a una rica viuda con la que Vole-Power  mantenía relaciones tipo gigoló y aspiraba a heredar en un testamento ignorado por todos. ¿Verdad o mentira? ¿Inocencia o culpabilidad? La ciega efigie de la Justicia con su bamboleante balanza deja la solución a un enigma demasiado humano, a otros seres, los jurados ingleses, siempre demasiado humanos, convencidos o ateos frente a las habilidades argumentales y forenses de los letrados y la astuta mano que mece la cuna de un Juez que les guía por los tortuosos caminos del proceso penal.

Cuando Robarts regresa al despacho directamente desde el hospital , no está para emociones fuertes  y la presencia desesperada de  Vole -Power, lo detendrá allí mismo la policía,  no le suscita en principio mucho interés, pero… Verán, el instinto de letrado, el husmear, como un avezado sabueso olfatea el fino rastro de una presa que ha cazado mil veces,  le hace detectar un caso desafiante, bueno,  o , bueno, ejem,  quizássea que el alegato de desesperada inocencia de Vole le proporciona el pretexto de encender un prohibido habano mientras escucha rutinariamente la autovindicación de inocencia de un hipotético cliente,  sea demasiado para el Zorro Robarts. Porque la defensa de un inocente o incluso de un culpable que provoque la necesidad de un juicio justo es algo que hace latir el corazón de Robarts aunque ese acelerado latido le pueda llevar al otro barrio. Así que se sienta en su despacho y escucha la versión de Vole, con cínica distancia, entomológicamente, entornando los sagaces ojos velados por una vida dispendiosa en todo, una suerte de buda que humea la fragancia habanera de un  tabaco apreciado con delectación morosa. Robarts atiende esas palabras del desesperado Volecon el placer anticipado de un buen combate futuro en una sala de vistas, y poco a poco el Letrado Robarts ve crecer en su interior ese desafío que es siempre para un abogado el derecho de defensa, el perfil de desamparo  de un inocente o un taimado culpable  enfrentado a la implacable maquinaria de la Ley. Pero para decidirse Robarts utiliza, o dice que utiliza siempre la prueba del monóculo; se coloca éste en su ojo y proyecta la luz del sol que atraviesa deslumbrante la ventanade su despacho reverbera en el cristal del monóculo y golpea sobre el desconcertado rostro del cliente. Dependiendo de las reacciones de éste decide anticipadamente su culpabilidad o inocencia y en consecuencia si lo va a representar o no ante un tribunal de justicia a la vez que empieza a rumiar, con delectación, las astucias , añagazas y estrategias  de  su defensa. Probablemente me dirán que no es nada empírica ni fiable la prueba del monóculo de Robarts, de hecho con Power falla estrepitosamente como ya habrá ocasión de hablar de ello en otra ocasión ( y no les hablo de si la supera o  Christina Vole, la germana esposa   de Vole, una leona apasionada e inteligente, porque esa , como solía decir Rudyard Kipling, esa es otra, o quizás la misma historia y no debe contarse aquí, ya que declaro en este momento secreto el sumario de Queen vs. Leonard Vole). Pero la fiabilidad empírica e incluso de praxis forense de la prueba del monóculo de Robarts, no es el asunto del que en esta Sala de Vistas, tratamos ya que  la prueba del monóculo lo único que prueba es la excentricidad, estamos en Inglaterra, la volubilidad juguetona , el pretexto social para que  Sir Wilfrid Robarts despliegue ante su auditorio, inevitablemente rendido a su juego forense , una manera de aceptar un asunto que como el de Vole se presenta en formato de desafío peliagudo ; la defensa de un caso criminal casi sentenciado desde el principio. Detrás de la prueba Robarts del monóculo está el derecho fundamental al due process,  el proceso debido, un juicio justo y con todas las garantías  y entre ellas la más sagrada de todas ellas , el derecho a la presunción de inocencia que con monóculo o sin él alcanza a todo ciudadano en un Estado de Derecho que  se precie de tal  por mucho que socialmente un tipo como Leonard  Vole  padezca de antemano cualquier anatema  de la opinión pública y se le condene sin más , algo que subleva a Sir Wilfrid Robarts que  se ha pasado toda una vida luchando en favor  de tipos aparentemente tan desagradables como Vole y más  especialmente  , en favor de sus derechos constitucionales sin los cuales  el derecho de defensa  no va más allá   de un juego  de salón  como el reflejo del sol en un monóculo enfocado a un ser humano. Porque, verán, este conspicuo profesional que responde al nombre de Sir Wilfrid Robarts, el Zorro como admirativamente le apoda su rendida admiradora y guardesa de salud, la enfermera Plimsol, cree, firmemente, en la Justicia y en las leyes del Reino de Inglaterra, por muy frágiles que puedan parecer, porque ellas son la única barrera contra la verdadera injusticia que es creer que nuestro derecho en conflicto con el de otro solo puede dirimirse en el palenque de la fuerza y la ley de la selva y no deferir  esas querellas humanas ante un tribunal  de  hombres apoderados por la ley independientes e imparciales. Por eso conviene aferrase a las leyes y respetarlas y no hacer tortuoso retorcimiento de ellas, por imperfectas que nos parezcan, no hacer burla ni befa de esas leyes de Inglaterra, y en el caso Queen vs. Leonard Vole, Sir Wilfrid Robarts se va a asomar a ese insondable abismo, tras un articulado combate entre ley y amor sin reglas. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: