Mi estrategia frente al coronavirus

De momento no lo he pescado, pese a ser grupo de alto riesgo por razón de edad (ochenta y tres años), de dolencias adjuntas (tres bypasses y una válvula de vaca en la aorta) y de contactos establecidos, antes de que se decretara el estado de cautiverio y todos nos pusiéramos en actitud de cautela, con tres personas contagiadas: Santi Abascal, Javier Ortega Smith y Macarena Olona. Estuve en el mitin de Vista Alegre y con los tres intercambié los abrazos que aún entonces eran de rigor.

Cinco días más tarde me hice un análisis, di negativo, me confiné, aguanté mecha hasta que levantaron el estado de alarma, salí a la calle siempre con mascarilla, tuve y mantuve relaciones íntimas con mi novia tras tres meses largos de abstinencia, chequeé mi salud en un hospital y un laboratorio de análisis clínicos, me hice las pruebas serológicas, cuyo resultado volvió a ser negativo, atendí a los encuentros de promoción orquestados por Planeta para el lanzamiento del segundo volumen de mis memorias y me vine a la aldea soriana de Castilfrío de la Sierra en la que ahora garabateo estas líneas.

Añado, como ya dije, que sigo sin novedad en el frente. 

Lo que ahora voy a decir carece de autoridad científica. No soy médico, ni biólogo, ni virólogo, ni nada que se le parezca, pero siempre me ha interesado la observación de los mecanismos de salud en estricta aplicación del viejo principio de la mens sana in corpore sano. En el catálogo de mi obra literaria hay un libro dedicado a él: “Shangri-La. El elixir de la eterna Juventud” (Planeta). Léanlo. En sus páginas desgrano los ingredientes de la combinación de fármacos (muy pocos y en su totalidad recetados por el médico) y de todo eso que ahora, por imposición de la autoridad sanitaria, se acoge al eufemismo de suplementos de la alimentación.

Muchos de ellos contribuyen al correcto funcionamiento de esa llave maestra de la salud que es el sistema inmunitario. El mío, al parecer, y a juzgar por los resultados de mis análisis clínicos, funciona de maravilla. Y a ese cordón sanitario es a lo que atribuyo, en parte, sólo en parte, y a riesgo de incurrir en exceso de optimismo, la buena noticia de que el virus no haya hecho mella en mi organismo.

Quiero destacar tres entre los ingredientes de mi fórmula salutífera a los que considero esenciales en lo que a la estrategia defensiva frente al virus se refiere : la melatonina, la testosterona y el reishi, que es como se llama en chino y en japonés ‒idiomas que comparten un mismo sistema de ideogramas‒ lo que en la nomenclatura científica de validez universal recibe el nombre de ganoderma lucidum.

No voy a exponer aquí las características, los efectos y las dosis de esa tres sustancias. Ya lo he hecho en infinidad de ocasiones, por tierra, mar, aire, prensa, radio, televisión y literatura. Hacerlo en detalle requeriría, además, muchas más páginas de las que cabe incluir en un editorial. Me limitaré a mencionar, con miras a guiar al lector por el laberinto de las muchas marcas, mayormente legales, aunque no siempre, que se dedican en nuestro país a elaborar, envasar y poner a la venta los productos mencionados.

Dos de ellas son hormonas; la tercera es, simplemente, una seta que podría consumirse al ajillo si la economía de su usuario lo permitiera.

Empecé a tomar melatonina en 1995 y desde entonces no he dejado de hacerlo un solo día, aunque he ido aumentando gradualmente la dosis ‒es completamente atóxica‒ desde los dos miligramos iniciales hasta los sesenta que tomo desde hace siete años por indicación de la Clínica Neolife y de resultas del minucioso recuento de mis necesidades practicado en un laboratorio adscrito a la Universidad de Granada. Es decir: aproximadamente un miligramo por cada kilo de peso, tal como se indica en el informe publicado hace pocos días por el diario ABC, que incluyo a pie de página. A su contenido me remito. Es una dosis que sólo puede adquirirse mediante fórmula magistral con la correspondiente receta médica.

La testosterona, que también empecé a tomar en forma de gel por indicación de la clínica mencionada más arriba y especializada en medicina antiaging, tiene no pocas virtudes, pero también contraindicaciones, y por ello debe ingerirse siempre bajo control del médico que la haya recetado. Yo me pongo cincuenta miligramos de aplicación cutánea cada día, al despertarme, y utilizo la marca Testogel. Hay otras. Se adquieren en las farmacias y están incluidas en la lista de medicamentos aprobados por la Seguridad Social. Cada tres meses analizo mis niveles hormonales y reviso el estado de la próstata. Todo en orden. Vengo haciéndolo desde hace siete años.

Me inicié en el consumo de reishi en enero de 1993, en Tokio, y desde entonces no he dejado de tomarlo un solo día. Fui, creo, una de las primeras personas, si no la primera, que empezó a hablar de esa seta, exponiendo su historia y ponderando sus virtudes, en nuestro país. Su uso ha crecido en progresión geométrica a partir de aquella fecha y hay en este momento muchas modalidades y marcas en el mercado. Algunas son de fiar y otras no lo son en absoluto. Lo que en definitiva cuenta a la hora de optar por una o por otra es el nivel de elementos activos que contienen (betaglucanos, polifenoles, oligoelementos y cosas así) y las condiciones de su cultivo. Yo tomo siempre la misma, el Sumo Reishi, que se elabora y envasa en Japón, para evitar manipulaciones, y que sólo puede adquirirse, por lo que hace a España, vía on line y contra reembolso en herbolarium.es. No se requiere receta. Es sólo un suplemento alimenticio. Las dosis varían según sea el estado de salud de quien lo consuma.  

Testosterona, melatonina y Sumo Reishi son, como ya he dicho, las tres baterías de defensa a las que más peso doy en la línea Maginot con la que, mascarillas, geles desinfectantes y distancias de seguridad aparte, procuro mantenerme a salvo de las dentelladas del malévolo bichito que ha puesto el mundo entero patas arriba.   

¿Las aconsejo? Pues sí, claro… Es lo que estoy haciendo. Ustedes mismos, lectores. Sírvanse, si les he convencido.

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