Nochebuena del año 1958: He oído relinchar a un caballo…

Aquella noche con la Guardia Civil

(Historia nostálgica y verdadera)

Por: Daniel Calixto.

Desde mi pueblo, no importa el nombre, hasta el pueblo más cercano, tampoco importa, hay, por carretera, doce kilómetros, pero a través de un viejo y maltratado camino son unos nueve, es decir, unos tres kilómetros menos. En mi pueblo vivía una familia de molineros originarios de aquel otro pueblo de los doce kilómetros. No hablemos de medios de comunicación porque no los había, exceptuando un autobús de línea que le llamaban La Viajera, que muy temprano por la mañana (salvo los domingos) hacía el recorrido desde todos aquellos pueblecitos (ninguno pasaba de los 400-500 habitantes) hasta la capital de la provincia, distante sobre 120 kilómetros, dependiendo de qué pueblo de la zona fuere, y por la noche retornaba a sus lugares de salida. Yo tenía entonces 14 años de edad y mi amigo Kiko dos más, es decir, 16 años.

La abuela materna de Kiko, cuando la familia vivía en el pueblo de los doce kilómetros se trasladó a mi pueblo, pero ella, ya muy mayor, prefirió quedarse a vivir en su lugar de origen, es decir en el pueblo de los doce kilómetros, donde se habían quedado también otros familiares.

Así las cosas llegó la Nochebuena del año 1958 y Kiko, la víspera, día 23 de diciembre, me dijo: “mañana quiero ir a ver a mi abuela, por la mañana temprano, para volver por la tarde a cenar con la familia. No quiero ir solo, acompáñame, pasamos el máximo tiempo con mi abuela y después regresamos.” Y yo, que no necesitaba recomendaciones para ir de aquí hacia allá y de hacia allá para aquí, pues, encantado, contigo voy, respondí. Además, en aquella época mis mayores preocupaciones, y obligaciones, podríamos decir, eran las de ejercer de gamberro mal criado y no mucho más. Y con Kiko me marché a ver a su abuela.

Vista la abuelita surgió, cosa natural, el encuentro con los amigotes de Kiko en el pueblo de los doce kilómetros y, lógico, que si esta o si lo otros, que si vengo que si voy, etcétera, pues se nos hizo casi (o sin casi) de noche. Salimos del pueblo de la abuela en el crítico momento que empezaba a nevar con fuerza. Error el nuestro, nos habíamos pasado de listos.

Habíamos caminado regresando unos… cinco kilómetros, y  el nevazo que caía tapaba el camino, salvo algunos mojones que marcaban en algunos tramos la separación de la senda  de las tierras de labranza.

No sé si ustedes han vivido una noche de nieve en pleno campo o en cualquier otro lugar lejano de los ruidos del pueblo o de la ciudad y de las luces. Es algo… no, no tiene relación alguna con el miedo. Se oye, se escucha y se siente el silencio. Es algo que te lleva, yo creo que sí, a un mundo desconocido, a un ambiente de ensoñaciones, de paz y sosiego, a algo diferente y hermoso. Yo oigo el silencio, podríamos decir. Y si te paras y cierras los ojos, espiritual y físicamente llegas a extasiarte con ese sonido silencioso, sosegado y misterioso de la nieve al caer lenta  en gruesos copos en tanto en cuanto crees escuchar lejana, en el infinito, la melodía pegadiza y dulce de una flauta.

Y escuchando el suave silencio de la nieve le dije a Kiko: he oído relinchar a un caballo. Respuesta de Kiko: ¿relinchar a un caballo? ¡Anda corta! Un caballo a estas horas con la puta noche que hace. ¡Vas acojonao! Eso es el canguelo que tienes. Y así terminaron los comentarios, entre el relincho del caballo y este acojonao que suscribe. Yo, sí, iba canguis, pero pensando en cómo reaccionaría mi familia, sobre todo mi padre. No había entonces móviles ni otros medios fáciles de comunicación.

No habíamos andado más de unos cincuenta pasos y muy cerca delante de nosotros se adivinaban dos siluetas separadas una de la otra. La del lado derecho dijo en voz alta: ¡Alto a la Guardia Civil, no se muevan! La otra persona nos enfocó con una linterna, que la verdad no alumbraba mucho. El primero volvió a decir: ¡Arriba las manos, detrás de la nuca! ¡¿De dónde sois ustedes (textual), de donde vienen y ha dónde van a estas horas con el nevazo que está cayendo!?

Kiko era mayor que yo y conocía, más o menos, el camino, era, pues el que debía contestar. Y mientras, yo, acordándome de aquello de he oído relinchar a un caballo, me frotaba molesto las manos y la cocorota pensando en la respuesta de Kiko: ¡ Vas acojonao! Eso es el canguelo que tienes. Ya te diré yo Kiko… ya te diré. Porque a unos pasos de donde nos echaron el alto los Civiles y reguardados en unos chaparros había dos caballos, las monturas de los Guardias. ¿Vas acojonao…? Olvidemos.

El camino estaba ya prácticamente intransitable, no se veía por tanta nieve como estaba cayendo, todo estaba tapado. Nos quedaban unos cuatro kilómetros para llegar a nuestro pueblo. Pero verdaderamente complicado, sobre kilómetro y medio, porque el pueblo está… no sé, tal vez unos 400-500 metros menos de altitud de donde nosotros estábamos con la Guardia Civil y allí suele (de siempre) nevar menos y con menos intensidad. El Guardia Civil que más hablaba era el jefe de pareja. Hay un punto concreto donde empieza el descenso y hasta allí nos acompañó la pareja, y no se me olvidará jamás el detalle, cada uno de los Guardias Civiles llevaba cogida su montura de las bridas, junto al hocico, y justo del mismo sitio, pero del lado contrario, cada uno de nosotros, con la advertencia de sujetarnos bien por si nos caíamos al suelo. 

Cuando nos separamos, allá abajo, a lo lejos, se veía el tenue resplandor de alguna bombilla de las calles del pueblo. Eran… no recuerdo bien… tal vez ya las cuatro o las cinco de la madrugada. Y el jefe de pareja, aún me emocionó más con sus palabras dirigiéndose a Kiko y a mí utilizando, no el nombre de nuestros padres, sino con sus respectivos oficios y, nos dijo, darles recuerdos del Cabo Ciriaco y del agente Peñalver. En mi pueblo no había Guardia Civil y estos pertenecían al puesto del pueblo de los doce kilómetros.

Creo que a todas las personas nos ocurre lo mismo, en nuestras vidas hay momentos que jamás se nos olvidan. Nunca olvidé, ni olvidaré, a la pareja de la Guardia Civil que en la Nochebuena del año 1958 nos atendió como he dicho, a nosotros, al principio unos desconocidos, que podríamos haber sido unos farsantes, unos ladrones, o quien sabe el qué. Y no era una noche cualquiera y allí estaban ellos, y pensé muchas veces: ¿y sus familias? ¿y sus amigos? ¿cómo habrán cenado? ¿cómo pasarían estos dos hombres aquella noche de Nochebuena, en mitad del campo, del monte, en una noche de inagotable nevazo con  solamente la compañía de dos caballos? Esa fue y esa es nuestra Guardia Civil, la de todos los siempres.

Ya llegando al pueblo y después de las necesarias bromas sobre si había relinchado o no un caballo, Kiko dijo, sin más comentarios: voy a ser Guardia Civil. Y Guardia Civil fue, en la Comunidad Valenciana, durante muchos años y donde vive después de haberse jubilado.

Los nombres utilizados en este escrito son ficticios, pero lo dicho en él en absolutamente cierto, sin modificación importante alguna que pueda desfigurar la realidad. Los dos pueblos y con los mismos nombres siguen donde siempre estuvieron y donde estarán siglos y siglos, pero ahora ya no hay heroicos personajes, tan necesarios, que patrullen por Nochebuena, ahora no hay ni casa de los guardias, ni cuartel, ni Guardias Civiles. 

Amen  / Carpe diem.

3 comentarios sobre “Nochebuena del año 1958: He oído relinchar a un caballo…

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