Sánchez Dragó baila en la cuerda floja de la clandestinidad

Por: Diego Medrano.

Fernando Sánchez Dragó, eterno hombre de aventura y sorpresa, los ojos reidores más televisivos, publica en Planeta el segundo tomo de sus memorias, continuidad de Esos días azules: Memorias de un niño raro, bajo marbete bélico y no menos tierno: Galgo corredor: Los años guerreros (1953-1964). Juventud y egolatría, por supuesto, mucha y amplia dragolandia, pero también buena prosa, medicina que resucita a los muertos, antidepresivo contra el tedio, vida y no pandemia, ambrosía y néctar sobre tiempos legendarios, noches y borracheras memorables, coitos sin una perra gorda, trucos para vencer la muerte y salir indemne. Todo Dragó son mujeres, en racimo y como fruta fresca de temporada, sí, viajes eternos donde uno rompe rutinas y se atreve a ser el que sueña, gatos y toros, algo crucial, numantino, grato y en permanente duelo al natural: la vocación obstinada, protectora y compañera, escritura y suspiro hondo por su amparo, letra pequeña y sombra grande, forzar la vida en el lenguaje sin tregua posible.

Egografía oceánica, divertida, en absoluto engolada ni hierática, flexible y sin piedad. La factura que hicieron suya Salter y Cèline: “Hay que pagar por lo que uno escribe. Una historia inventada carece de valor. La única historia que cuenta es aquella por la que debes pagar. Sólo cuando has pagado tienes derecho a transformarla”. Vida y literatura, sí, pero la una convertida en la otra, donde Thoreau fijó para siempre la mejor temperatura de arrobo y atrevimiento: “Si haces lo que te dicen los mayores que no se puede hacer, verás que es posible”. Cuenta Dragó su Madrid bohemio, sus años universitarios, sus ebriedades con Dámaso Alonso por Moncloa donde llegan a encerrarle los taberneros o llaman a la RAE para su cuidado (“Reténgale ahí. Ahora mismo vamos a recogerle”). Cuenta Dragó la vida de Nano, niño bien de Lope de Rueda, barrio de Salamanca, zascandileos capitalinos, podios de autoridad de Lapesa y Laín Entralgo, lecturas hondas de Ortega y Machado, Unamuno y Baroja, émulo ardiente de Hemingway entre billares donde hacer de malote y evitar a los bujarras. Da exclusivas Nano: los cuernos, habituales y superlativos, que Gabriela Sánchez Ferlosio pone a Javier Pradera con Julio Cerón; la condición de Jesús Aguirre de Virgen de Atocha, por andar siempre en los meaderos de la estación con un niño entre los brazos… mucha risa con ruido.

Gallea Nano con bozo, sí, donde frota un trozo de tocino a ver si sale la barba pronto, caserón hondo de San Bernardo, extrarradio capitalino, verbenas festivas, bohemia de cafetines y Universidad Central, vino barato y negro, polvos y lodos de burdel y sacristía, atmósferas goliárdicas y viriles, las barbas mojadas de Valle-Inclán, buhardillas barojianas y sombras por los charcos de Silvestre Paradox junto a pontificados wildeanos bajo el mito entero del héroe gramático: “La literatura, no el arte, iba a ser mi enérgica protesta, mi valiente esfuerzo para enseñar a la vida, no a la naturaleza, cuál es su verdadero lugar”. Madrid de Alberti y Cela, poblachón manchego, zarzuelero y taurino, chuzos de sereno y canciones de las chachas, osos de los gitanos por las calles y afiladores con su flauta pánica, arrieros, traperos y mieleros: Capital de la gloria donde empezarían pronto los rascacielos de Nueva York, todavía sin barniz cosmopolita, con algunos cafés con lápidas vueltas en lugar de mesas para que no se vieran los nombres.

Dragó, Nano por su casa, es niño del Colegio del Pilar, al que honra y venera. Se empapa del XIX y de la sicalíptica (Pedro Mata, Felipe Trigo, Joaquín Belda, Hoyos y Vinent, Zamacois, José Más, Vargas Vila), apunta el rijo y hambre de pajilleras varias en sus alivios venéreos, sesiones de programa doble desde la diez de la mañana, vino de Valdepeñas y bocadillos de calamares. Todo Dragó vive con poco dinero, cotiza bibliotecas tipo Ateneo o Nacional, alterna con bocadillos de anchoas, no se detiene, lee como un poseso, culmina dos carreras, Románicas y Filología Italiana, entra cinco veces en el trullo, hace antifranquismo, apura patatas bravas, sigue por los cines del vicio donde las sombras traen el pelo y la alegría (Postas, Pleyel, Sol, Montera, Rex, Carretas…), tabernas de Echegaray o tablaos próximos a la Plaza Mayor con azulejos, taconeo y flamenconas. Exprime Madrid, vive Madrid, se mete en líos y acaba con despachos, estudios o celdas de trabajo, en la misma calle Preciados, gracias a los buenos oficios maternos.

Sabe lo de Bonaparte: “Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo”. Hace traducciones para Caralt, da clases en academias siniestras, gestiona camas redondas y cuadradas, no deja de pasárselo fenomenal, donde el mundo sombrío y depravado es contraste para el azul con claridad cegadora. El peligro es lo único que hace el suelo temblar bajo los pies. Las mujeres simultáneas, los escarceos con las criadas, los hijos deseados y no queridos, la noche y el alcohol, revolución y rebeldía frente a herencias recibidas, todo es danza juglar sin arrepentimiento. Muda de piel como las serpientes, vive en trasteros parisinos o habitaciones negras romanas, la vida va por delante y uno se agarra a la escritura para no caerse. Cátedras de subversión ácida: Campillo en la Sorbona, Torrente Malvido o Malvino en todas las fechorías, Rafael Sarró o Ángel Sánchez-Gijón como ángeles custodios, incluso Luis María Anson que en momentos difíciles le da corresponsalías (Dakar), mucho mimo y apoyos cruciales.

La literatura debe ser aventura y, si no te pasa nada, es que poco tienes que contar, viene a decirnos Dragó, unas veces bajo golpe de suerte o nueva ola, otras en busca y captura. Esbirros de la Social cotizan su pescuezo a la puerta de Lope de Rueda u O´Donnell, fugas a Vallecas o Ventas, miedo frío como navaja en Duque de Sesto, picaderos al acaso y lengua de trapo, la patria en los zapatos y todo el pelo de la dehesa que a veces barre los hombros. Retratos al óleo de Alfonso Sastre y la mejor fotografía de palabras hecha por Jaime Ballesteros, que asume y cuenta: “Yo era un aventurero sin más aventura a mano que la de la clandestinidad antifranquista, pero la revolución me importaba un pito y el proletariado me daba repelús. Digámoslo de una vez: nunca, pese a las apariencias, me ha interesado la política. El riesgo, sí, por eso, y sólo por eso, me metía en ella y todavía, con cuentagotas, lo sigo haciendo”.

Otra foto para la despedida: “Retoño de la burguesía, merecedor de desconfianza por razones de clase, adicto a la bohemia y siempre dispuesto a levantar faldas, frecuentar tugurios, novelear y anteponer los caprichos de mi imaginación a los tediosos principios de la dictadura del proletariado”. Siempre, a lo loco y con lo puesto, algo en desuso, donde ya nadie jadea con el resoplido de la bestia aferrado a la nuca o los riñones. Un Dragó que es todo menos indeciso porque ya lo cantó Chico Sánchez Ferlosio del mejor modo: “¡Indecisos, indecisos,/ basta ya de indecisiones!/ Si tus padres no se hubieran decidido,/ por los siglos de los siglos/ tú no habrías existido”. Pesa poco el corazón de los valientes, ágil es el poeta de las suelas de viento, vivir es enfrentar a chivatos y metepatas, las correrías compartidas son el mejor festín. Una moral (“Nosotros los comunistas, estamos obligados a dar ejemplo de respetabilidad burguesa”) que en algunos, por puritana, pinchó siempre en hueso donde la vida privada de cada cual era otra cosa y mejor música. Lidias amorosas, cosevirgos, combates de pluma, duelo y sables, habilidades de mucha y sabrosa labia, luces eternas hasta la actual fiesta octogenaria (novia veinteañera y más libros). Vocación siempre estrecha con la vida, como recetaba Papá Hemingway antes de cargar la escopeta contra todos y, en el último lance, contra sí mismo. Clandestinidad, “vivir oculto” como quiso Epicuro, a salto de mata unas veces y otras por televisión nacional. Se pueden –vaya sí se pueden- apagar fuegos con gasolina.

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