Un testimonio muy personal

Por: Fernando Sánchez Dragó.

Fin, por ahora, del estado de cautiverio. El lunes me hice la prueba serológica. Nada de nada. No he sido paciente asintomático. No tengo anticuerpos. Mejor sería tenerlos, porque eso me protegería frente a futuros contagios, pero la noticia también me sirve de alivio, porque demuestra la fortaleza de mi sistema inmune. 

Pertenezco, por edad (ochenta y tres años) y por las reparaciones de mi fontanería cardiovascular, a eso que genéricamente llaman “grupos de riesgo”. Quince días antes me había hecho un análisis de sangre muy minucioso. Lo hago cada tres meses. Todo en orden, una vez más, excepto un ligero exceso de creatinina, que en mi caso es crónico y que me tengo ganado a pulso, porque bebo poquísima agua. 

Sí, sí, ya sé que debería forzarme a beberla, pero no hay forma. No me entra. A mi hija Ayanta le sucede lo mismo. Me pregunto si la aparente solidez inmunitaria a la que más arriba hice referencia guarda relación con mi elixir de juventud, del que tantas veces he hablado en esta columna. Ya saben: esas cuarenta pastillas, casi todas naturales, que con paciente tesón ingiero día tras día. Podría ser. La verdad es que no lo sé, porque llevo alrededor de cuatro décadas tomándolas. ¿Qué sucedería si suspendiese esa estrategia de antienvejecimiento?  No seré yo quien lo intente.

La verdad es que me he pasado mucho más de media vida en contacto con toda clase de virus a causa de mis viajes y de mi desaprensiva forma de encararlos, y nunca he pescado ninguno que lo fuese de cierta gravedad, excepto la salmonelosis que padecí en Senegal por haberme zampado una docena de ostras crudas en un chiringuito que no brillaba por su higiene. ¿Gripes? Tres o cuatro, más bien suaves, a lo largo de ocho décadas. La última fue hace treinta años. Poca cosa. ¿Enfermedades venéreas? Ni una, pese a mi vida airada y a ser miembro de una generación en la que muy pocos de mis coetáneos se libraban, como mínimo, de las famosas purgaciones. ¿Malaria? Tampoco. Ni un solo ataque al hilo de muchos años transcurridos en zonas donde esa enfermedad es endémica. 

Me pregunto si tan azarosa forma de vivir ha ido blindando poco a poco mi cuerpo frente a las agresiones víricas. No lo afirmo. Me limito a dar vueltas a esa hipótesis y no excluyo la posibilidad de que mi optimismo se venga estrepitosamente abajo si el coronavirus hinca sus dientecillos en mí. No sé. Quizá ser viejo no sea tan malo como dicen. Ya veremos. Seguiré informando.

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