Atticus Finch

Por: Eduardo Torres Dulce.

Atticus Finch es un abogado de pueblo, de un pueblo del profundo Sur de Estados Unidos. Es la época de la Gran Depresión que golpeó duramente al país y muy especialmente al mundo rural, al empobrecido, desde la Guerra Civil, del Sur. Finch es viudo y esa ausencia de su mujer la lleva calladamente, desde el interior, en esos momentos en los que, a solas, después de hablar y cenar con sus dos hijos pequeños, Scout y Jem, se sienta en la oscura veranda de su casa. El abogado Finch es un tipo introvertido y a la vez muy popular. La gente, los blancos y los negros, le respetan y posiblemente le necesitan. Atticus Finch es un modelo, un modelo que la escritora Harper Lee moldeó en los recuerdos de su padre, en Matar un ruiseñor, una novela extraordinaria, Premio Pulitzer, la única que publicó en vida, que es una obra de arte muy insondable y cuando se la relee, se descubren rincones oscuros, meandros narrativos que llevan a callejones reflexivos imprevistos, muy sutiles e indirectos. Una novela que trata de temas como la soledad, la de Finch y la de seres marginados socialmente como, y, obviamente, de las heridas que deja esa soledad en el alma y en el cuerpo. Imprevistamente para una novela sita y escrita en pleno siglo XX, trata también de la bondad, de la bondad de un abogado, lo que parece un oxímoron, y de la bondad de alguien, Boo Radley, a quien la sociedad considera un delincuente pura y simplemente porque es diferente. Un poco más allá de la bondad la novela de Lee trata y habla de la caridad, que ya sé que son palabras mayores en esta sociedad nuestra que se le cae de la boca cada segundo la palabra solidaridad que acaba convirtiéndose demasiado a menudo  en una cáscara vacía a rellenar a gusto del consumidor, y subrayo lo de consumidor, y si alguien tiene alguna duda que eche una mirada a este mundo traidor de la pandemia en el que nos han sumergido. Y si hablo de caridad me refiero estrictamente a Pablo de Tarso más allá de quienes no quieran ver el sentido de transcendencia religiosa que le otorgó ese genio oriental.

Verán. En muchas ocasiones la bondad, y no digamos la caridad tarsiana, es vista como irreal, como algo para colgar en un gancho y atizarle argumentos en contra. En Finch esa bondad es genética desde que su padre le dijo que no debía disparar a un ruiseñor porque es un pájaro, un animal que solo nos hace felices con su canto. Sirve de parábola, en el relato de Harper Lee, para un triple propósito. Para educar a los hijos de Finch, que no necesitan escuela sino la voz persuasiva de su padre y su insobornable ejemplo de vida. Para Boo Radley que salva la vida de  Jem y Scout Finch porque es una suerte de silencioso y clandestino guardián en el centeno presalengeriano, que vela por esos niños , los Finch y  Truman Capote , amigo de infancia de Lee, disfrazado bajo el alias , que pretenden adentrarse en el mundo gótico de la maledicencia y la maldad que la gente ha hecho de Boo Bradley y su familia. También es una parábola o un símbolo para un hombre negro decente, Tom Robinson, a quien los prejuicios raciales, acusan, sin pruebas, de la violación de una chica blanca, el peor pecado freudiano del Sur blanco.( Si vieran esta película con los ojos de Finch los del Black Matter Lives, comprenderían como tras el odio y el prejuicio racial late la peligrosa estulticia  de un pensamiento único no menos peligroso en su reversibilidad).

Lo que deja claro Matar a un ruiseñor es que frente a la bondad y la caridad, se alza siempre el Mal, que existe y es real como la propia vida. Atticus Finch es un tipo decente porque cree firmemente en los principios morales que rigen su vida, no matar ruiseñores  y colocarse siempre en los zapatos del otro ( Isaiah Berlin escribió maravillosamente sobre ese último principio finchiano) y , lo que es más difícil y admirable, vive conforme con ellos y está dispuesto a defenderlos con su vida enfrentándose a unos vociferantes linchadores o sacrificando su  confort social defendiendo en un pueblo racista a un hombre negro acusado de violar a una chica blanca. Atticus Finch no es un ingenuo. Dispara y mata a un perro rabioso que amenaza a la comunidad y afirma que no cree en la inmaculada imparcialidad de la institución del jurado popular para juzgar a una persona a la vez que hace votos porque se comporten esos ciudadanos como les exige la ley, porque sin ésta no hay manera de diferenciar un perro rabioso de un hombre.

Allan J. Pakula  produjo, Horton Foote, un estupendo comediógrafo que exploró como pocos las semillas del convulso Sur,  escribió un guion ejemplar, Elmer Bernstein compuso  una evocadora banda sonora y Robert Mulligan dirigió con sencillez y emoción la película inspirada en el relato de Harper Lee. Pero el cine, politique des auteurs y cahierismo aparte, es como solía decir John Ford actores y actrices con rostro y Atticus Finch será siempre Gregory Peck directamente extraído de los recuerdos de una escritora que evocaba con afecto pero sin distancia a su padre, un abogado del Sur profundo en plena Depresión de los años 30 de hace ya casi un siglo.

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