Enseñanza

Por: Juan Antonio Sáenz de Rodrigáñez.

Escribió Kant:Se encuentra muchos gérmenes en la humanidad; y a nosotros toca desarrollarlos, desplegar nuestras disposiciones naturales y hacer que el hombre alcance su destino, (Akal, 1983). Hoy y en nuestra civilización, el despliegue de estas “disposiciones naturales” tiene dos escenarios -por así decir- naturales: la familia, uno, el propiamente institucional, el otro; los fundamentos de la forja del hombre que se elige ser, mientras se está en este mundo, se adquieren en aquél, mientras que la formación para la incorporación a la división del trabajo, en el segundo. Efectivamente, el tránsito del joven a la autonomía personal y plena integración en el mundo de los adultos, un mundo humano de derechos, deberes y división del trabajo, comienza cuando de niño, asido al pecho que le alimenta, mira al rostro y oye la voz de su madre. Es en el seno familiar, donde toma forja la estructura moral del individuo, se asientan los pilares de la personalidad y se asimilan los principios de convivencia social. La continuidad de esta presencia familiar y su compromiso con el joven son los requisitos para sentar las bases del proyecto del hombre que debe asumir el personal drama existencial de hacer por él mismo  su propia vida: “Cuando tomamos a los hombres -escribe Wilhelm Meister– tal y como son, los hacemos peores de lo que son; cuando los tratamos como si fuesen lo que debieran ser, los ponemos en camino de llegar a ser lo que deben” (cita tomada de Antropología Pedagógica, de Herman Nohl, 1965). 

En el orden institucional, la dirección en la formación del joven compete al docente, a quien no deja indiferente el drama personal de cada uno de sus alumnos. De ahí la preocupación moral porque el joven pueda quedar fuera del sistema. La constatación de semejante escenario en un número elevado de jóvenes hace necesario parar mientes en la realidad del alumno y distinguir los planos propios de la actividad educativa: como individuo que ha de cumplir con el compromiso académico para su incorporación a la división del trabajo; en cuanto proyecto del hombre que se ha de construir; y como individuo arrojado a un mundo humano, donde tiene lugar el encuentro con los otros. Este ámbito de asuntos es lo que, cada mañana, Pepito Grillo -presente en la conciencia del docente- reclama su atención. Porque, consciente como es que, cuando el desaliento se apodera de su voluntad y su compromiso deja de ser firme, está condenando al alumno y a su drama personal a un fondo ignorado, cuando es el caso que, por imperativo moral, está obligado atender.

El peligro -nada improbable- que el joven quede fuera del sistema, invita a centrar el análisis en dos capítulos de la realidad académica: 

– Uno, el de la convivencia, centrado fundamentalmente en recuperar e integrar, mediante un proyecto concebido ad hoc, a los considerados conflictivos o jóvenes de conducta disruptiva, y que corren el riesgo de quedar fuera del sistema. 

– El segundo capítulo debe centrarse en el entrenamiento y adquisición de las dos herramientas básicas, a saber: la herramienta de la lectura comprensiva, sin cuyo dominio el joven no entenderá un texto literario o histórico, ni la formulación de un problema de física o de matemática, ni las explicaciones de los profesores de las diversas materias; y la segunda, la  del razonamiento lógico-matemático.  

Ambos rasgos -conducta disruptiva y grave retraso escolar- es habitual que se presenten matrimoniados. Es un hecho probado que el alumno, incluso aquellos de rendimiento académico medianamente aceptable, no se coloca en posición aislada y periférica del sistema. Un alumno que es consciente de que su actividad es en provecho propio, valorado y con sentido, no busca la periferia marginal.  Sí, en cambio, es el caso del joven que no ha adquirido el dominio adecuado de ambas herramientas en su período natural de adquisición, el de la etapa escolar. De ahí que se considere de suma importancia ofrecer ambas herramientas fundamentales  al alumno con dificultades académicas. 

Lo dicho lleva a formular la pregunta siguiente: ¿cuál es el rasgo sobresaliente del alumno fracaso escolar? Para dar respuesta a esta cuestión, antes es conveniente encontrar la respuesta a estas otras interrogantes: ¿Existe algún ser humano, salvo enfermedad mental, que no desee ser aceptado y estimado por los demás? ¿Qué alumno le gusta ser el torpe y el último de la clase? ¿Qué crío, desde la etapa de infantil, no desea ser el primero, considerado y estimado por sus profesores, admirado por sus compañeros, y motivo de orgullo para los suyos? Si estas suposiciones no son erradas, ¿por qué un alumno se abandona? La única razón encontrada, y que la experiencia confirma, es el hecho de que estos alumnos no han adquirido el dominio de las herramientas fundamentales para un paso -en mayor o menor medida- exitoso por las aulas de los centros, a saber: en lectura compresiva y razonamiento lógico-matemático. Un alumno que no entiende lo que lee, es un alumno que dispone de un zurrón léxico limitado que, por lo mismo, le incapacita para comprender lo que está recogido bien en prosa literaria, bien histórica, bien científica, y que también le ensordece para seguir una explicación, cuyo lenguaje no alcanza a entender. 

En esta circunstancia se halla el origen de la perdida de la autoestima. Esta situación es cuando menos dolorosa en extremo para el niño que cada día ve, al otro lado del espejo, lo que por él mismo no le es dado alcanzar. Esta pérdida de autoestima, surgida -en términos freudianos- de la herida narcisista, pasa a convertirse en el fondo insondable del alma del alumno, condenado a lidiar solo en su soledad con un destino encontrado y que no logra entender. 

¿Cuál es la reacción? Hay quien proyecta sobre él mismo la frustración (alumnos silenciosos, huidizos, taciturnos…); hay quien, por el contrario, proyecta contra el mundo su dolor. Este segundo extremo es el drama del alumno conflictivo, de conducta disruptiva. Y, ¿qué es lo habitual en estos casos? A pesar de estar acogido a programas de diversificación y apoyos, este alumno se reafirma más en su posición: es habitual verlo en el pasillo expulsado de clase, formando grupo aparte con los “iguales”, y en la convicción de que el centro no está hecho para él. Es su rostro el del fracaso, del exiliado de un sistema que invierte en recursos para obtener lo contrario de lo que persigue. 

Murray N. Rothbar (2013) pone el origen del fracaso escolar en el hecho mismo de la enseñanza obligatoria. Señala la curiosa coincidencia de la extrema izquierda y de los liberales estadounidenses al admitir que el origen del mal se halla en la enseñanza obligatoria pública. La fuente ideológica, de donde emana el proyecto de la enseñanza obligatoria, es -a decir de Rothbard- “el altruismo equivocado de la clase media educada”. Se trata del ideal inspirado en el principio que sostiene que todos los hombres son iguales ante la ley y que, en razón de ello, deben disfrutar de las mismas oportunidades tanto “las clases bajas” como “la clase media” y, fundamentalmente, disfrutar del derecho a la educación. Efectivamente, el actual sistema educativo de enseñanza de la Europa Occidental se inspira en la convicción nacida a la sombra del humanismo cristiano y que Kant, en la Introducción del opúsculo de 1803, y de manera brillante, erige como estandarte de la Ilustración y le da expresión en los siguientes términos:  

El hombre es la única criatura susceptible de educación. Entiendo por educación los cuidados que reclama su infancia, la disciplina que le hace hombre y, por último, la instrucción mediante la cultura. Bajo esta triple relación, es niño, alumno y estudiante.

La disciplina nos hace pasar del estado animal al humano. Un animal es por instinto todo lo que puede ser; una razón exterior ha tomado por él todos los cuidados indispensables. Pero el hombre tiene necesidad de su propia razón. No tiene instinto, y es preciso que planifique su propia conducta. Peor: como no es inmediatamente capaz de hacerlo, y llega al mundo en estado salvaje, necesita la ayuda de los demás.

La especie humana está obligada a sacar poco a poco de sí misma, por sus propios esfuerzos, todas las cualidades que pertenecen a la humanidad. Una generación educa a la siguiente. La disciplina impide al hombre abandonar su destino: la humanidad, dejándose llevar de sus instintos brutales. Es preciso, por ejemplo, que le modere, para que no se arroje al peligro, como un loco. Pero la disciplina es puramente negativa. Se limita a despojar al hombre de su salvajismo. Por el contrario, la instrucción es la parte positiva de la educación.” (Pedagogía, Akal, 1983).

A decir de Pedro Laín Entralgo : “Kant se propuso enseñar al hombre del futuro lo que la mente humana puede saber, lo que la conducta humana debe ser, lo que el hombre es y cómo ha de educársele para el recto uso de su razón”. (Laín Entralgo, 1984).

Mas, desde una consideración liberal, la imposición de la enseñanza obligatoria es un atentado contra la libertad de los individuos y un perjuicio para la sociedad. Por parte de la izquierda Norteamericana, en este caso la tesis de Paul Goodman (1964), la escuela pública es un “vasto sistema de prisión, donde se tiraniza a millones de chicos desconformes e inadaptados dentro de la estructura escolar”. El eco de la propuesta de la izquierda norteamericana “¡Fúguense de la prisión!”, que recoge en su obra Rothbard (2013), es del escrito El libro rojo del cole, de Soren Jansen y Jesper Jensen, cuya primera edición en lengua danesa es de 1968 y, en español, de 1979, aunque su primera edición la lleva a cabo Ediciones Utopía, de orientación anarco-libertaria. En el capítulo VII se dice: “El sistema escolar es un mundo bastante cerrado  replegado sobre sí mismo. En muchos aspectos está cortado del mundo exterior. Tiene sus propias normas, ritos, ritmos, etc. Hay otras instituciones de ese estilo: cárceles, cuarteles, hospitales, manicomios…” (Soren Jansen, 1979). 

Apunta Rothbard a la identificación “instrucción formal con la educación general”, en la que incurre la clase media, como el origen del aumento de la marginación social entre los adolescentes, llegados en su mayoría de la periferia del sistema educativo. Es un prejuicio burgués -mantiene Rothbard- que ha acabado imponiéndose en nuestro mundo, que para trabajar es necesario la titulación en secundaria o incluso universitaria. A edad relativamente temprana, un individuo puede aprender oficios, para los que no tiene por qué pasar por el “sistema de prisión de la estructura escolar”. 

En esta misma línea argumental, Arthur Stinchcombe, citado por Rothbard, pregunta: “¿La escuela secundaria puede enseñar algo por lo cual los empleadores estarían dispuestos a pagar, si se enseñara bien?” Éste es, según él, el criterio para saber el valor de lo que, efectivamente, aporta la enseñanza secundaria obligatoria. Al respecto afirma categóricamente: “Los empleadores… pueden entrenar a los obreros que necesitan mejor que una escuela secundaria y con menor costo”. La tesis de Goodman y de Stinchcombe se ve confirmada por la actividad llevada a cabo por MIND (Corn Products Refining Company, de Greenwich, Connecticut), empresa privada de formación profesional. Esta empresa de formación acoge a los alumnos ‘fuera del sistema’, sin formación alguna, “y en pocas semanas, con un entrenamiento intensivo, puede enseñarles habilidades básicas y conseguirles empleo en empresas”. 

Tal vez, la alternativa que representa la experiencia MIND sea la línea u oferta formativa más adecuada para la circunstancia objeto de esta reflexión. La oferta, llegada de la mano de empresas privadas de formación laboral, descargaría al Estado de inversiones costosas en enseñanza pública obligatoria sin resultados. En este sentido, un proyecto de ésta índole no sólo sería beneficioso para el individuo, que no tiene disposición para seguir los estudios de secundaria, sino que también lo sería para la sociedad, que vería reducida la población juvenil marginal, así como una inversión sin resultado. Al respecto, en relación con la población marginal juvenil, Stinchcombe ha constatado que existe una relación estrecha entre enseñanza obligatoria y delincuencia juvenil: “El comportamiento rebelde y delincuente es sobre todo una reacción hacia la escuela misma”.

¿Sería defendible la alternativa que estos expertos norteamericanos en educación, de izquierda y liberales, proponen? No es este el escenario, donde se deba debatir este asunto. Mas, como se ha expresado líneas más arriba, en este artículo se defiende la necesidad de recuperar a los alumnos en peligro de quedar fuera del sistema. Y no puede ser de otra manera porque, independientemente de que sea un absurdo pequeño burgués, sea “una falacia” (Rothbard, 2013) de la clase burguesa que “confunde la instrucción formal con la educación general” (Rothbard, 2013), el hecho es que el sistema educativo de nuestro mundo se ha construido en la convicción de que la educación nos hará libres y justos. Mientras no se adopte la alternativa liberal -no la de izquierda siempre propensa a ideologizar-, hay que asumir el reto que representa cada uno de estos alumnos, en las condiciones dibujadas por el actual modelo educativo. 

Es también el caso que los documentos institucionales, la mayoría de las veces, no van más allá de una declaración de intenciones.  ¿Por qué es así? ¿Por qué esta falla entre los epígrafes y su desarrollo? En la letra, ¿son éstos demasiados ambiciosos? ¿Tal vez han sido concebidos sin un análisis y valoración objetivos de la realidad? ¿Quizás redactados al dictado de ideas preconcebidas?¿Habría que buscar en carencias de quienes dictan y prescriben? ¿Atalaya moral de baja altura, tal vez? En fin, ¿por qué esta incoherencia en la praxis? El escenario: alumnos que no llegan a dar lo que, por dote natural, podrían; otros, avocados por la fatalidad escolar a ir por opciones académicas no deseadas; muchos, tristemente, personajes trágicos, condenados al fracaso y, consiguientemente, a la frustración y al enfado con la vida. Mas lo grave –en términos morales- no es el no haber ayudado alcanzar los objetivos y adquirir las competencias, sino haber colaborado en dibujar el rostro de una vida truncada. 

El objetivo que debe perseguir nuestro sistema educativo es formar personas de bien y de provecho; personas cuya conciencia esté formada en los principios morales en los que se ha inspirado la Declaración de los Derechos del Hombre y los propios de la convivencia civilizada y democrática, así como personas autónomas, capaces de incorporarse al mundo de la división del trabajo. Como el hecho de ser persona sólo es dado siendo con los semejantes, no otra ha de ser la finalidad de la educación que la formación del individuo humano como ciudadano que ha de elegir su destino de forma libre y responsable, con conciencia crítica para saber adquirir los compromisos que conlleva convivir en una sociedad regida por los principios del individualismo democrático. Como ser moral, la educación debe formar al individuo para que oriente su acción en la consecución del bien, teniendo como referente moral, en su relación con los otros, el principio universal y absoluto del respeto a la dignidad del prójimo y sus derechos, en una relación de reciprocidad. Como persona de provecho, el sistema educativo debe ayudar a formar a individuos capaces de valerse por sí mismos, de forma que adquieran la capacitación para incorporarse al mundo laboral, teniendo como referente el sentido del deber, el gusto por el trabajo bien hecho y el afán de superación personal.

Si la finalidad del proceso educativo es formar personas de bien y de provecho, cuya conciencia esté formada en los principios que inspira la Ética Universal de la Declaración de los Derechos del Hombre y los propios de la convivencia civilizada y democrática, así como hacer del individuo una persona autónoma, capaz de incorporarse al mundo de la división del trabajo, la pregunta que sale al paso es: ¿qué hacer, pues, con los alumnos con peligro de quedar fuera del sistema? 

Esta cuestión lleva al primer escenario, al que se aludió al comienzo del artículo, el escenario de la familia, por ser en él, donde tiene lugar la forja de la persona; porque es en éste donde se sienta los fundamentos del individuo como sujeto dramático, a quien nadie puede suplantar en la labor de hacer su vida, de ir dando realidad a su ser en el mundo que, en suerte, ha sido arrojado. 

El hecho: a todo alumno conflictivo le acompaña un expediente de bajo rendimiento. El alumno que, por el contrario, marcha bien en el ámbito académico es el alumno con un buen nivel en las competencias ‘saber ser’ y ‘saber vivir’. ¿Por qué esto es así? El cuadro de síntomas del primero corresponde a la frustración. Es humanamente así y no puede ser de otro modo, porque los primeros pasos de la vida del hombre van acompasados por la consideración, estima y valoración que los otros -los importantes para él- le hagan llegar y sentir. Este móvil está marcadamente presente en la primera etapa de la vida, de sobresaliente rasgo narcisista (narcisismo primario); es el momento de mayor dependencia afectiva del individuo. En la medida que el individuo adquiere las habilidades que le convierte en persona autónoma, la valoración relevante es la que él hace de sí mismo, en razón de la conformidad con su “ideal del yo”, y no tanto de lo que juzguen los otros. Esta construcción sólida del “yo” hace del individuo un miembro adaptado, con conciencia clara de la alteridad, con una percepción bien definida de los lindes en la relación yo-tú. Mas esta firme construcción se ha llevado a cabo sobre unos sólidos pilares levantados en aquella primera etapa de la vida. Hasta tal punto es así que los individuos, aquellos que no han recibido estas atenciones, hacen de su vida una asignatura pendiente.

Es un hecho que la conducta inadaptada del alumno es el síntoma de la frustración. ¿Qué crío no desea ser estimado por sus profesores y estar entre los buenos de su clase? El rechazo al orden de cosas encontrado es el mecanismo de defensa ante un mundo que se le presenta adverso, desfavorable. El alumno de estas características responde al mundo que le rodea, en razón de la percepción que cree que de él tienen los otros. Es frecuente encontrar algunos alumnos, con este cuadro de frustración, en cada promoción que ingresa en primero de E.S.O. Cuando al alumno, desde el primer momento, se le brinda una atención personalizada, de forma que pueda acceder al currículo ordinario, y se le da las herramientas para que, por él mismo, alcance el rendimiento académico exigido, en estas condiciones se le está brindando la posibilidad de estar y ser uno entre y como los otros; pero, cuando es el caso que no recibe esta atención, es muy posible encontrar a un individuo enfadado con él, enfado que proyecta en el mundo, en los otros. 

Cierto que en el lado de la familia -de la mayor o menor presencia de la misma en la vida del joven- se halla la aportación fundamental que el niño va a recibir para la construcción de su ‘yo’ o núcleo de acción libre y autónoma, así como para la conformación de la ‘conciencia moral’ (‘super-yo’), como luz proyectada sobre aquel núcleo de la acción o “yo” y, finalmente, el ideal de sí mismo (“yo-ideal”) como proyecto personal y de sentido existencial. Es en la presencia y firmeza de los dos pilares fundamentales, padre-madre, sobre los que el niño construye su yo, su vida, su mundo. 

En los dramas observables en las aulas -crío perdido y desastre académico- se dejan ver que el origen de los mismos se halla en el escenario familiar. Curiosamente, se observa que, en la medida que la familia se aproxima al límite de sus recursos materiales, mayor distancia les aleja del colegio y, lo que es más grave, de la trayectoria humana y personal de los hijos. Tristemente, los hechos lo corroboran: donde hay miseria material, mayor es la elíptica de la indiferencia. Tan doloroso como la indiferencia de la que un niño puede ser objeto de sus mayores, es la destructiva acción que su descontento ejerce sobre él, arrastrándole al pozo sin fin de la desesperanza. En este orden de cosas, es cuando menos triste asistir al drama del que se siente desheredado del sistema, cada vez más extraño en el escenario escolar y, en casa, como hijo ignorado y desasistido, ante la sordera de dos que dirimen sus diferencias.

La psicología piagetiana ofrece numerosas razones para que así sea el rendimiento académico; de mayor calado son los argumentos aportados desde el área freudiana, en lo que afecta a la construcción del hombre. Es de la familia de la que el hombre recibe el zurrón que ha de llevar el día que deje la casa paterna. Sólo con asomarse a su contenido se sabe quién es su portador, el que está ahí, presente, y qué cabe esperar de él: si de principios se trata, se estará ante aquél que aprecia la vida como el mayor don recibido; no huirá del esfuerzo que haga rodar la roca hasta la cima, consciente de que “con trabajo” y, haciendo uso del ingenio natural recibido, podrá alcanzar las cotas de felicidad a las que se proponga llegar, aunque sea la de un instante, como le fue concedido a Sísifo. Cierto que Sísifo no creía en su propio esfuerzo, convencido de su fatal destino de siempre lo mismo; de ahí que él convierta su vida en una tragedia, en la rueda del eterno absurdo. Mas el hombre yáhvico, convencido de su esfuerzo e ingenio, conducirá su roca, allí donde se propone llegar, incluso -¿por qué no?- la abandonará si así es su voluntad. Es, pues, la convicción en el propio señorío lo que le eleva al rango de personaje dramático, sabedor de que su existencia está por hacer y consciente de que sólo a él le corresponde concebir cómo ha de ser. Sólo porque es consciente de que de la tierra obtendrá lo que, con esfuerzo e ingenio, puede lograr, será alumno disciplinado; porque así es, porque así le han enseñado en la casa paterna. Y cuando se encuentre con un tú, atenderá a su estar ahí presente, ora como socio, con quién colaborar para “comer de la tierra”, ora con quién compartir su soledad y, por consiguiente, con quién “crear lazos”. Ello, porque es el hecho que la pasta, de la que ha creado el Hacedor al común de lo humanos, para resistir la más radical soledad, no es la pasta de la que estaban hecho Pedro Serrano y Alexander Selkirk. Consciente de que en esta vida, lo más valioso, el encuentro sincero con el tú, con los otros, sólo con el cuidado atento y considerado se mantiene, se conserva y enriquece la relación buscada; sólo porque es consciente del lugar que le es dado ocupar en el encuentro con los otros, cuidará sin desmayo la reciprocidad en el trato.

Sin la acción educadora de los padres, la formación de la conciencia moral y cívica no será todo lo sólidamente deseable en el joven; sin principios, las normas que guiarán la vida del joven serán escritas al dictado del relativismo simplón; con una conciencia laxa del deber, la disciplina no será un rasgo sobresaliente de su carácter; sin disciplina, el trabajo será aquello que eludirá; sin la asunción del trabajo, el joven carecerá de la vocación de superación. En fin, sin la presencia decidida de los padres, difícilmente se desplegará en el joven las “disposiciones naturales y, una vez convertido en adulto, será un hombre desorientado, perdido, muy perdido.

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