Marilyn

Por: Sergio Berrocal.

Se llamaba Norma Jeanne como hubiese podido llamarse Margarita Gauthier. Qué sabía ella. Los nombres no sirven para nada, solo para identificar a los cadáveres cuando hay muchos.

Eran aquellos Estados Unidos sonrientes porque creían que nadie podría ganarles. Producían automóviles como nadie, porque alguien había descubierto que el número de autos multiplicado por el número de conductores y acompañantes (posibles difuntos) totalizaba una cifra de negocios del carajo. Luego volvían a comprar otro auto, más bonito, más jactancioso. Y se mataban igualmente una noche de sábado con miras al domingo. Los negocios marchaban bien. Ayudaban otras industrias, la del alcohol, por ejemplo, very importante, que incitaba a los conductores a beber, a emborracharse y a doblar las cifras de negocios de las funerarias.

Ay, ¡qué bello era vivir a condición de morir un poco! Porque ningún país puede vivir solamente con sus vivos. Necesita muertos, muchos muertos, que después de haber puesto el huevo para otra familia se rompan la crisma con un vehículo caro y flamante salido de las fábricas Ford, tras haber trasegado güisqui peleón que hizo la gloria de Estados Unidos.

Es indiscutible. Al presidente francés le advirtieron en cierta ocasión que iba a perder las elecciones porque sus principales electores, los vinateros, no estaban de acuerdo con las medidas que él tomaba para reducir sus ganancias. Chirac tomó la decisión que se imponía, facilitar la venta del vino, en cierto modo la muerte, pero que estuviesen contentos los que vivían de la vid, porque él, sin quererlo, vivía de los que vivían de la uva. Y los que morían, alguien tenía que sacrificarse. La vida no es fácil para todo el mundo.

A otro presidente le insinuaron que no había que vender tanta cantidad de armas a esos países árabes y arenosos que machacaban a todo Cristo. Los consejeros lo pensaron y siguieron vendiendo armas, eso sí, más modernas, más mortíferas y más caras. Los jefes de las arenas pérdidas en el petróleo se alisaban con regusto la barba,

Vivir es morir un poco, o un mucho.

Llamábase Norma Jeanne, bonito nombre para familias de clase media. Era frágil como una muñeca de las que no podía comprarse porque eran de porcelana garantizada y muy caras. Norma nada más que había esa y se conservó ella misma hasta el final de la historia. La de una obrerita de un lugar perdido de los Estados Unidos donde te enseñan que si no triunfas y no follas no eres nadie. Y eso que ella era frágil, nos dice la escritora norteamericana Joyce Carol Oates

Jeanne tenía la experiencia de vivir, el único oficio que le habían enseñado. Luego, con el tiempo y muchos revolcones, cómo le temía ella la primera vez, aprendió. Tenía miedo, muchos miedos. Sobre todo al hombre, que con su cara bonita la rondaban sin demasiado protocolo.

Jeanne tomó la decisión de casarse con un obrero como ella, rudo pero cariñoso, que la desvirgó apenas tocarle la falda. Y entonces ella entendió que aquello le gustaba y que nunca estaba más segura de todo que “cuando tenía dentro de ella a su hombre”.

La historia que cuenta la escritora, de la escuela de cuanto más largo mejor y cuanto más detalles estamos encantados, es vertiginosa, como fueron algunos días de Jeanne cuando al cabo de muchos años se convirtió en Marilyn, solo Marilyn.

Entonces ya había aprendido algunos principios de la vida. Que para que unos vivan otros, muchos más tienen que morir, ¿ha visto usted el precio de la gasolina? ¿Y ese modelito de Ford?

Era una ecuación muy fácil, la Jeane-Marilyn había aprendido a las mil maravillas lo esencial de la aritmética de la vida, para que unos vivan otros tienen que morir y cuanto más mueran mejor puede vivirse.

Los japoneses que bombardearon Pearl Harbour, hecho que decidió la entrada en la guerra mundial de los norteamericanos, debían pensar más o menos lo mismo, que no hacían nada reprensible, que no era ninguna barbaridad y menos monstruosidad de crimen de guerra, estrellar sus miniaviones en las panzudas estructuras de los barcos más poderosos que Estados Unidos había creado, convencido de que solo el miedo inspira el respeto.

Un calendario, desnuda. Se descubre que aquella Jeanne ya es Marilyn, la carne viva y palpitante, blanca deliciosa, que los soldados de las guerras de Estados Unidos, y tuvieron tantas, aclamaban en los portaaviones o bases sin derecho a violación.

Lo mismo que le sonreía a su marido joven y fogoso cuando le abría las piernas, lo mismo aprendió a sonreír a miles, cientos de miles de hombres que la aclamaban como una estrella. Pero con las piernas cerradas.  

Ella no lo sabía, pero se estaba convirtiendo no en la cursi novia de Estados Unidos como proclamaba la propaganda oficial militar sino en un símbolo de vida. Ella se dejaba llevar, iba adonde se lo pedían. Lo mismo a cantarle un Cumpleaños alcoholizado y demente de desvergüenza al presidente Kennedy, del que se decía que la amaba sobre todo de rodillas, y supo que podía ser la reina.

Lo que sucede es que para entonces todavía no había leído la Grecia antigua, no había tenido tiempo de comprender la crueldad de esos dioses, de un Ulises desvencijado por los vientos de un dios malévolo, ni la maldad de las damas que vivían tiradas en una litera exquisita donde entrar y salir era cuestión de medios.

Cuando Marilyn empezó a leer de veras, es decir a enterarse de lo difícil que era la vida, la puñetera vida, ya estaba hecha y derecha, aunque era tarde porque nada más que se aprende una vez. Y te dejan ganar cuando les da la gana a ellos.

La larguirucha autora Joyce Carol Oates, le consagra más de mil cien páginas, ni la crucifixión necesita tantas explicaciones, pero hay autores, todo lo contrario de Hemingway o Dos Passos, a los que les gusta embriagarse a muerte con las borracheras de la palabra, porque son profesionales de la escritura.

Ernest Hemingway empezó escribiendo a los 17 años en el Kansas City reportajes-cuentos que le costaban mucha imaginación y poca escritura, porque tenía que ganarse la vida. Y cuando escribe la novela que va a consagrarlo para los jamases, El viejo y el mar, son solo 127 páginas. ¿Qué haría Joyce con 127 páginas? Ni una entradilla. Porque es de las que les enseñan a escribir largo, tienen tiempo, son ricos y no esperan, como le pasaba a Hemingway que el Kansas le diese un puñadito de dólares por uno de sus cuentos, que él finiquitaba en un abrir y cerrar de ojos.

Hemingway no podía permitirse perder el tiempo en universidades caras y de mucho postín.

Además, hablamos de Marilyn, la única Dama de las Camelias, la única Milady que tuvo nunca la literatura y la vida de Norteamérica. Hay que echarle alfalfa, con algo de grano suculento, porque el lector, ese imbécil de lector que se cree de veras que Penélope era la virgen de la alfombra nunca terminada, tiene que pagar un precio y poder pasar el verano aunque fuese hojeando el producto de su rapiña. Y presumir de leer.

No creo que nadie podría escribir un libro corto y serio, porque la desgracia necesita pocas palabras, sobre Marilyn Monroe, por mucho detalle morboso o infantil que le metiera. Ella fue una especie de Estatua de Libertad (un regalo más de Francia a Estados Unidos) que luego iluminó a otras mujeres, cuando ya ella había aprendido a leer y a escribir y a comunicar sus inquietudes.

Los mitos son así, pero quienes los crean son en general esos frankestein de la industria librera norteamericana, donde las comas tienen un lugar que nunca debe ocupar un punto y aparte. Soldaditos de plomo.

La vida de Jesús el Nazareno, el personaje más importante de cualquier relato, se cuenta en tres pasos: nació, sufrió y murió. Todo lo demás es ganas de vender doscientas páginas más innecesarias. Porque nacer-vivir, pasar por todas las atrocidades y finalmente ser crucificado ya es más que la Iliada, por muy ciego que se esté.

Hasta aquella última noche sin macho para que la protegiera de sus miles de miedos, tal vez tampoco con la ya valorada gota de Chanel5, Marilyn fue hasta el último momento la Vida, que en pocos segundos se habría de convertir en la Muerte. Principio y Fin de una vida.

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