Marsé

Conste en acta que apenas conozco al hombre cuyo primer apellido sirve hoy de rótulo a este capítulo de la dragontea. Nos hemos visto al sesgo en dos o tres ocasiones que él, probablemente, ni siquiera recordará. Tengo, además, la impresión, no muy fundamentada ni precisa, de que no le caigo excesivamente bien ni como persona ni como escritor. De modo que se pasaría de listo, y de malévolo, quien viera en estas líneas, y en el entusiasmo que de ellas se desprende, un fruto de la amistad. Marsé, que yo sepa, no acaba de publicar libro alguno ni se ha muerto, ni ha asesinado a su secretaria, ni ha contraído matrimonio con Pilar Rahola, ni se presenta a las próximas elecciones catalanas. 

Las cosas son mucho más sencillas. Estoy en un islote, remoto e ignoto, de los legendarios mares del Sur, septentrionalizados hoy a viva fuerza por la descabellada aventura atómica del presidente Chirac. Silencio, soledad, distancia y olvido: ésas son las cuatro esquinas del lugar en que me encuentro. No hay aquí mucho espacio – tres kilómetros de longitud por ochocientos metros de anchura -, pero sobra, en cambio, el tiempo. Y esta mañana, después de darme un chapuzón en la laguna, lo he utilizado para escudriñar la breve biblioteca – así, aunque invirtiendo los polos, se llamaba la colección de Seix y Barral en la que aparecieron en un apartado rincón del humilde hotelito de bungalows que acoge, hospeda y nutre a los escasos visitantes de la isla. 

Todo, en esa descabalada biblioteca de aluvión concebida para entretener el ocio más bien beocio de los turistas, parecía normal: noveluchas de bolsillo escritas en inglés y firmadas por colosos de la pluma tan conspicuos y omnipresentes como Morris West, Frank Slaughter, Stephen King, Irving Wallece y otras, como un puñetazo en las pupilas, la sorpresa: un libro de Juan Marsé publicado en mil novecientos ochenta y dos por la Editorial Plaza. ¿Título? Un día volveré. ¿Argumento? El de siempre en la narrativa del susodicho autor: algo pasa en las calles, y entre los vecinos, de cierto barrio de Barcelona…

Inescrutables son, en verdad, los caminos de la literatura. ¿Cómo diantre, me pregunto, ha podido llegar hasta aquí, minúscula peca perdida en el océano del culo del mundo, una obra escrita en su masía catalana por el único novelista español – perdón si me equivoco y agravio a alguien – que ha heredado el talento de Baroja y sabe, como Hemingway y Graham Greene, contar historias?

Dije más arriba que apenas conozco, personalmente, a Juan Marsé, y es verdad, pero no menos cierto es que sí conozco, y muy bien, su obra literaria, que desde la aparición de Encerrados con un solo juguete en las ya lejanísimas calendas de mil novecientos setenta y uno no ha dejado de seducirme, ilustrarme, fecundarme y entretenerme. De ahí que estas palabras de hoy lo sean sólo de admiración, gratitud y, si Marsé me lo permite, complicidad. 

Sin embargo, pese a lo dicho, se me había escapado por la tangente de los inevitables despistes originados por mi frenesí viajeros precisamente esta novela, Un día volveré, única entre las suyas que hasta entonces no había leído. Mala fue la suerte que tuve entonces, al aparecer el libro, y bonísima la que hoy me han deparado los duendecillos burlones y azarosos de la literatura. El que la sigue, en esto como en todo, la mata. 

Acabo de decir que hasta hoy no la había leído, y así es. Nadie vea error en el uso del pluscuamperfecto: no la había leído, efectivamente, pero ya lo he hecho. La empecé a eso de las dos de la tarde, después de comer – ahora son las nueve de la noche – y tanto me enredó, interesó y ocupó su lectura que no atiné a conciliar ni siquiera esos diez minutillos de yoga ibérico (Cela dixit) al hilo de los cuales la digestión se me suele transformar en siesta. ¡Tiempo bien empleado, vive Dios! Y no lo desperdiciaré ahora exponiendo aquí, en negro sobre blanco, mi pormenorizada opinión sobre la novela de marras. Salta a la vista, al oído y a la lógica. Este artículo es mi calificacion, mi felicitación y mi respuesta. 

Tampoco me parece oportuno enhebrar ahora un rosario de disquisiciones mejor o peor traídas sobre el conjunto de la obra de este narrador excepcional que nunca marra ni aburre. Doctores tiene la pecadora iglesia de la crítica. Soy sólo, en este trance, lector y, si autor. Perro no come carne de perro, pero sí retoza y disfruta (y, a veces, se atraganta) con ella. 

Algo, empero, habrá que decir. Diré, verbigracia, que Marsé tiene un pequeño y fascinante mundo propio, lleno de verdad, de crueldad y de piedad, perfectamente acotado y mamado hasta la narrativa posible. Diré, ya metido en estos pasos, que una historia cosa es escribir novelas (eso lo hacen muchos) y otra contar historias (duélanse aquí en banderillas mi difunto amigo Juan Benet y su difusa, y profusa, prole literaria). Y añadiré, por último, que en Marsé, como en Conrad, el mundo describe preferentemente a través de los sentidos, y no sólo del intelecto. Así debe ser: a la sensibilidad desde la sensibilidad. 

¡Cuántos novelistas hay que no son narradores, sino ensayistas o filósofos! ¿Un ejemplo, reciente? El de Umberto Eco. 

Obras son amores: Marsé lleve siete lustros, se dice pronto, en la cresta de la ola de la atención del lector sin salir nunca, o casi nunca, en la siniestra pantalla del telechisme, sin participar en las tertulias de radio y sin disponer de una columna en la prensa para pontificar sobre todo lo humano y parte de lo divino. No como otros. Lo digo, con envidia y con nostalgia, mientras me miro de frente en un espejo. 

Se acabó la dragontea. Gracias, Marsé, por esta hermosa jornada. 

Artículo publicado en La Dragontea, 6 de Noviembre de 1995

Un comentario en “Marsé

  1. Desde luego la envidia no es uno de los pecados capitales de Dragó. Si un escritor le gusta, si una obra le parece buena, es generoso y lo es inmensamente, diría yo. DEP Marsé.

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