Reseña atípica de Galgo corredor, volumen de memorias de Fernando Sánchez Dragó.

Por: José María Fernández.

Es esencial la lectura de la solapa y contraportada de las “guardas” del libro porque todo lo que se dice allí y cómo se dice da una idea exacta de quién es Sánchez Dragó, de su personalidad arrolladora, de su casi ilimitada capacidad dialéctica, de su enorme erudición, de su memoria prodigiosa, de su mundo que es un mundo sin fronteras y de su manera de entender la política, una política para un intelectual lúcido y sin las ataduras y corsés de los perros guardianes de cada partido. Es esencial la lectura de la solapa y contraportada de las “guardas” del libro porque además de encontrarnos, si sabemos leer en profundidad, con todo lo dicho, hallamos una mentira, o una contradicción porque también Fernando, en el libro, a veces dice que es y que no es o que acepta y rechaza a la vez. Y no miente. Es así su personalidad. La “mentira de las “guardas” la encontramos cuando dice que “este libro es también la crónica de la represión franquista entre 1953 y 1964, y el relato, muy novelesco, de cómo un aguerrido grupo de universitarios (…) se enfrentó a ella.” Es así y no es así. Este párrafo yo lo veo como una concesión por parte del editor a algo que “tiene tirón” entre algunas gentes, gentes que, o mucho me equivoco, cada día le resultan a Fernando más engoladas, absurdas y ficticias.

Hace años invité a participar en un encuentro de escritores en la universidad de Tarragona a Fernando Sánchez Dragó, a Joaquín Leguina y un profesor de francés, rojo porque su familia tras la guerra se había ido al exilio, a Francia, pero persona decente y preparada, me pidió que le invitara a comer con ellos (Sánchez Dragó y Leguina) porque quería ver cómo se daban “dentelladas”. Su sorpresa fue que durante toda la comida hubo una conversación animada, de altura y siempre cordial porque los dos son dos personas cabales, correctas e inteligentes. Al día siguiente el profesor de francés estaba desconcertado, tanto que me dijo poco más o menos que si no fuera por la fidelidad a su familia renunciaba al “rojerío” de partido lleno de dogmas y clichés. Esto no se lo había contado a Sánchez Dragó, pero es un dato más de la altura y saber estar de su persona. Y es una seña de identidad, probablemente la más llamativa de su libro, del Galgo corredor.

El libro está bien escrito, muy bien escrito, tanto que de haberlo conocido Ángel del Río hubiera incluido párrafos en su Antología general de la literatura española, tal vez el que aparece, referido a la Facultad de Derecho de su época, en la página 26:

“Aquello era un mundo antediluviano, perdido hoy para siempre, en el que todo, desde el primer instante, por viejo que fuera, me supo a nuevo. Se respiraba polvo de siglos. Olía a Roma, a casa de fieras, a gladiadores, a tunos, a burdel y a sacristía.” Sánchez Dragó en estado puro. Sánchez Dragó contando como saben hacerlo solo unos pocos.

Sánchez Dragó deja claro en este libro que no ha comulgado con ruedas de molino y eso le honra y le coloca lejos de la manada y de los estómagos agradecidos. Hay que ser valientes para ser así. Mi abuelo paterno tenía molino de harina y mi tío, el hermano de mi padre, tuvo molinos de harina mientras estos fueron rentables y tal vez, por eso, por tirón familiar, mi padre, cuando se desmontó el molino de mi abuelo, trajo una de las piedras (rueda/muela) y la colocó en un lugar del que nunca, que yo sepa, se movió. Sánchez Dragó, que yo sepa y que yo advierta a través de la lectura del libro nunca se convirtió en piedra inmóvil, nunca comulgó con ruedas de ningún molino que no le ofrecieran una razón de ser. Por eso, seguro que hay gente que entiende lo que dice en la p. 60: “No guardo del Caudillo rencor alguno, ni siquiera en la inicua muerte de mi padre, en la que nunca tuvo nada que ver. Fue España, la España de Caín, la España guadaña de doble filo, la España de los rojos y los azules…” Sánchez Dragó es una persona íntegra. No busque el lector una fidelidad a ultranza e inamovible a un partido… Y para que no se llame nadie a engaño en la página 127 queda, según mi criterio y manera de entender, claro todo lo anterior. Dice: “La democracia, que tanto luché por traer… No movería un dedo a su favor si volviese a tener la edad que tuve en los años que este libro evoca”. Los ingenuos pueden rasgarse las vestiduras, pero porque no entienden a Sánchez Dragó o porque son de rebaños gobernantes.

El libro, en fin, es un campo bien cuidado en el que tras una loma, sin más, brotan violetas, así, en la segunda mitad del capítulo cuarto, explica sus violetas, es decir sus amores y conquistas y a la par se pronuncia sobre el MeToo. No tiene desperdicio: “Ante mí (…) se abre la disyuntiva de seguir escribiendo como lo hacía antes de que las barcazas del MeToo desembarcasen en Normandía o de agachar la cabeza y resignarme, acojonado, a contar historias “light” sin cafeína y con edulcorante para niños de primera comunión, pastorcillas de Fátima y hermanitas de la caridad de género.”

Y hago mutis por el foro por lo que, si quieren seguir disfrutando de las violetas que se esconden tras las lomas del campo, lean el libro. Yo he dicho lo que quería. No voy a hacer un resumen del mismo.

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