Sobre ‘Galgo corredor’

Por: Ayanta Barilli.

Acabo de terminar el libro de mi padre.  

Estoy sentada en el jardín de la casa de Roma. La misma en la que él conoció a una muchacha de lunares que resultó ser mi madre. La misma  en la que yo he vivido durante mi niñez, y de la que huí en la adolescencia para volver una y otra vez en mi madurez.

Sopla una brisa de mar que me revuelve el pelo y el alma mientras los personajes de estas páginas, liberados del silencio y del olvido, convertidos en espíritus burlones, danzan a mi alrededor. Levanto los ojos hacia el cielo sereno, me recojo el pelo, respiro y suspiro. Hace calor. El grueso tomo pesa en mi regazo. Poso las manos en la portada, sobre la foto antigua, desgastada, del hombre joven que todavía no era mi padre, pero que lo sería después. Y tengo la impresión de rozar la piel de su rostro. De percibir las pulsaciones de su corazón que siempre acompasan el latido de sus letras. Porque cada tecla de este abecedario íntimo escarba en lo más hondo de la memorias y nos invita a entrar en la peripecia existencial de quien lo escribe con valentía y descaro. Con la verdad por delante. La que duele, la que mata, la que salva y resucita.  

Nada hay más evocador que mirar hacia atrás y reconstruir la geografía de los recuerdos: Madrid, la universidad, los amigos, los amores, la política, la cárcel, los libros, los viajes. Unos años guerreros que son el descubrimiento de un camino venturoso, apasionado y deslumbrante en el que todo ocurre por primera vez. Unos años guerreros que son el periplo de un escritor todavía imberbe que quiere ver, oler, saber, para contarlo luego. Que embiste a ciegas, porque le va la vida en ello.         

Y es muchas cosas más. Un homenaje a quienes se marcharon que reviven en las cuartillas de este relato prieto, denso, emotivo, soberbio. Que no se limita a desgranar los sucesos biográficos e históricos de una época gloriosa, sino que compone una sinfonía en la que descuella la voz del autor como melodía principal acompañado por otras voces imprescindibles para imaginar y entender un mundo que fue, que se fue.Y que ya no es, ni será. Ésa es su grandeza.

La experiencia de una hija que recorre las memorias de su progenitor es insólita. Es como si él me lo hubiera leído sentado en mi cama, igual que antaño cuando me contaba historias mágicas que pertenecían al recuerdo familiar de las fotos enmarcadas o custodiadas en los álbumes de las personas queridas, y también de las desconocidas, que formaron parte del paisaje de mi infancia. 

Así es que te leo, padre. Y te escucho al tiempo. Y te siento. Una vez más. Cierro tu libro, giro mi rostro. Y te descubro sentado a mi vera. Bajo estos árboles, y estos pájaros, y estas nubes. Escribes, escribo. Escribo, escribes. Tu voz es la mía. Tus palabras son las mías. Porque cosimos nuestras dos sombras juntas y volamos a otros lares. Porque en ningún lado se vive mejor que dentro de un libro. Tú me lo enseñaste.

Y “Galgo corredor” lo demuestra.          

2 comentarios sobre “Sobre ‘Galgo corredor’

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