Últimas tardes con Marsé

Tengo un problema: soy adicta al tiempo pasado y no vivido. En concreto, tengo verdadera obsesión y devoción por la década de los sesenta. Y reconozco que me ha tocado un premio gordo: el de tener a mi vera a Dragó, que es algo así como el último bastión de esa época. Pero la paranoia viene de antes. Mucho antes de que el dire y yo nos conociésemos, mi acusada tendencia a la nostalgia de lo que nunca volverá ya me atormentaba. Una tarde, al salir de la universidad, me di cuenta de que para vivir, de algún modo, todo aquello, lo único que me quedaba era la lectura y la imaginación. Y aunque ya había liquidado muchos libros sobre ese tema, y aunque escuchaba de forma machacona discos de los Beatles, necesitaba más. Entré en la primera librería que encontré en mi camino, clavé mis pupilas en las de la librera y con ansia mal disimulada, le dije: necesito libros de los años sesenta. Me da igual que sean buenos o malos. ¿Tienes algo? 

Y la pobre mujer, perpleja, me tendió dos de Juan Marsé. Encerrados con un sólo juguete y Últimas tardes con Teresa. Pagué lo que se debía y me encerré en mi cuarto del Colegio Mayor a leer. Salía lo justo, para comer y cenar. Me refugié en el silencio y en los libros. Días de plenitud y sosiego para trasegar esos dos títulos de buena lámina. Así quemé mis dos primeras tardes de fin de semana con Marsé. Conversación y silencio, silencio y conversación, memoria, lances amorosos, futuribles, horizontes, cuestas, orillas, paseos, estrellas fugaces… Por un momento me vi junto a Teresa y el pijoaparte. Y decidí quedarme encerrada con un sólo juguete: aquellos libros. 

Al terminar la lectura de las Últimas tardes, sobé y resobé el libro y reparé en las citas iniciales. En las primeras páginas encontré una de Espronceda: “¿Y en qué parte del mundo, entre qué gente / No alcanza estimación, manda y domina / Un joven de alma enérgica y valiente, / Clara razón y fuerza adamantina?”. Colapso. Marsé era un chollo. No sólo me lo pasaba bomba con sus libros, sino que además aprendía esas típicas citas que una va guardando en la memoria para soltarlas en cualquier momento. 

Después vinieron más libros de Marsé y en todos ellos, al pasar las páginas, fui aprendiendo el arte de describir, analizar y desguazar todos los estúpidos valores, lugares comunes, reglas del juego, ganzúas ideológicas, catecismos y situaciones límites de este mundo que nos ha caído en suerte. Marsé, sin ponerse medallas de revolucionario, supo escribir con afilada pluma sin degenerar en libelo ni en sermón. Escribió, simplemente, capítulos victoriosos para la historia de la búsqueda de la felicidad, la utopía, el sextante de la aventura y la diversión, la disidencia y la resistencia, la fe, la amistad, la irresponsabilidad, la imaginación, el cosmopolitismo, el romanticismo… 

Sé que nada es absoluto, que no existe el amor absoluto ni la verdad absoluta ni la mentira absoluta ni la absoluta belleza, pero reconozco que todos esos cimientos algo filosóficos se me tambalearon con el intenso deleite que han proporcionado los libros de Marsé. El último narrador puro que, a estas alturas, nos quedaba en la miseria reinante de la literatura. 

Nada más que decir. Un crisantemo. Un minuto de silencio. Una línea en blanco. Y una última tarde con Marsé.

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