Con el nombre propio

Por: J. Benito Fernández.

Muchos son los autores que a través de su obra  han inmortalizado sus apellidos (nomen), pero pocos han logrado perpetuar su nombre (praenomen) en la historia de la literatura. Todos recordamos Benito Pérez Galdós, Antonio Machado, Pío Baroja, Max Aub, Álvaro Cunqueiro y un inacabado etcétera. La firma tiene su importancia, de hecho algunos escritores han optado por un seudónimo o un apodo si consideran que sus progenitores no anduvieron acertados a la hora de elegir nombre o no les transmitieron unos apellidos infrecuentes; otros alteran el orden de los indicativos familiares. Excepto en el caso de García Lorca, en lugar destacado en la lírica con gran peso entre poetas y dramaturgos, decir Federico,sin más, es entender de inmediato que uno se refiere al autor de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Lograr el pleno reconocimiento de los lectores a una firma no es fácil, no digamos ya al nombre. Sólo conozco un caso en nuestras letras, que es el del olvidado Ramón Gómez de la Serna, una debilidad de juventud. Cuando el madrileño comienza a escribir,siendo un bachiller, en los periódicos La Región Extremeña y El Adelantado de Segovia rubrica los artículos añadiendo al primer apellido compuesto del padre el primero de la madre, el Puig catalán que por no alargar tanto la firma suprimirá con posteridad. Ramón Gómez de la Serna y Puig irá dejando caer paulatinamente, “como hojas rojidoradas de otoño”, los apellidos hasta quedarse con los cinco caracteres capitales que forman RAMÓN a secas, “ese Ramón sencillote, bonachón, orgulloso de su simplicidad”, como dejó escrito en su Automoribundia. También él utilizó el sobrenombre Tristán en la revista de vanguardiaPrometeo (Madrid, 1908-1912),dirigida por don Javier Gómez de la Serna y Laguna, su padre, de la que salieron treinta y ocho números. En ella se publicó en 1909,traducido por Ramón, el Manifiesto del futurismo y en 1910 la Proclama futurista a los españoles, de Filippo  Tommaso Marinetti.

El periodismo quizá fuera el mayor timbre de gloria de Ramón. Hizo literatura en los periódicos, en prosa barroca escribió de la actualidad inventada, inexistente. Sus reportajes tienen mucho que ver con lo que más tarde se llamaría nuevo periodismo. Memorable fue su visita nocturna al Museo del Prado y publicado en 1921 en El Liberal. Además de esparcir, desde 1911, esos pensamientos cortos que son las greguerías -pese a su denuncia de los plagiarios, tantas veces copiadas e imitadas-,en los rotativos La Tribuna, La Voz, El Sol, Luz, Ahora, Arriba, Abc… y las revistas Crisol, La Gaceta Literaria,Revista de Occidente, Cruz y Raya, Diablo Mundo, Blanco y Negro

La izquierda montaraz hizo mucho por ignorar a Ramón. Se le acusó de un discurso vacuo, de oquedad ideológica. No se le perdonó su viaje a España en 1949, invitado por el Ministerio de Educación Nacional, la Dirección General de Propaganda y el diario Arriba, órgano de FET y de las JONS, ni sus colaboraciones en la prensa afecta al Régimen. Se le menospreció por su falta de compromiso, pues siempre fue un librepensador. El Ramón adolescente fue monárquico -admiraba a Alfonso XIII-, influido por las lecturas de Proudhon, luego se hizo anarquista. Y posteriormente defensor de la Segunda República, aunque pronto disintió porque, según él, el nuevo Estado sólo premió a intelectuales indolentes; pero lo que nunca ocultó fue su exacerbado anticomunismo. Seis días antes del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 emitió su último reportaje en Unión Radio -gran amigo del fundador Ricardo Urgoiti y de su padre Nicolás María, impulsor de El Sol y Crisol-; tras clausurar su tertulia en el viejo café de la calle de Carretas número 4, atemorizado se encerró en casa. La víspera de su partida pasó por la terraza de la Granja del Henar, en el número 40 de la calle de Alcalá de un Madrid convulso, y grito a la tertulia de poetas: “De aquí hay que marcharse… Yo me voy mañana”. A lo que Delia del Carril, mujer de Neruda, replicó: “¡Y nosotros que íbamos a nombrarle nuestro Máximo Gorki!” (Automoribundia). En agosto subió al tren con destino a Alicante no sin sufrir un último escalofrío en el andén ante los milicianos: “Este es el que habla por radio los domingos, que pase”. Y embarcó aterrado para Buenos Aires, con Luisa Sofovich, su mujer, porteña de origen judío. Ramón ante todo fue un ramoniano y en el único ismo que creyó en su vida fue en el ramonismo.

Ramones hay algunos en nuestra literatura: Ramón Llull, Ramón de la Cruz, Ramón Mesonero Romanos, Ramón de Campoamor, Ramón de Navarrete, Ramón María del Valle Inclán, Ramón Menéndez Pidal, Ramón Pérez de Ayala, Ramón J. Sender, Ramón de Garciasol. Pero ninguno es reconocido por su nombre de pila como el pontífice de la tertulia de Pombo, su sagrada cripta.

Un comentario en “Con el nombre propio

  1. Hombre, Benito, yo no creo que Ramón esté olvidado. Está olvidado en el sentido de que en este país los escritores importan poco y a pocos, pero entre el puñado de gente que ama las bellas letras creo que Ramón y el ramonismo están tan presentes como Azorín, como Pérez de Ayala, como Pedro Salinas, como Luis Rosales, como Carmen Laforet… Y además forma una corriente, quizá subterránea, más poderosa que la mayoría de los escritores de su tiempo. Su influencia se puede rastrear en muchos autores, quizá porque él fue escritor de escritores, como hay toreros de toreros.

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