De Madrid al cielo

Por: Miguel Dalmau.

El sueño íntimo de Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) ha sido siempre vivir como un personaje de ficción y también como aquellos escritores, con Hemingway al frente, que llevaron una apasionante e improbable vida aventurera. Dotado de su mismo código genético, el autor de la legendaria “Gárgoris y Habidis, lleva más de sesenta años puliéndose como ser humano, bajo la consigna de escribir anclado en la realidad y quemar la vida como un personaje de novela. Desde esta postura inquebrantable sigue apurando sus grandes pasiones: libros, mujeres, viajes, drogas…Desde esta postura, también, nos entrega ahora “Galgo corredor”, el segundo volumen de sus Memorias, que abarca grosso modo la década de su formación universitaria y su militancia política.

En cualquier otras manos, este libro se sumaría mansamente al cortejo de obras memorialísticas ambientadas en el franquismo. Pero Dragó es un tipo “rara avis in terris” y también “rara avis in pubis”, de tal modo que, aunque los fondos de época y las experiencias puedan ser comunes a otros compañeros de acampada, el resultado artístico no lo es. La razón es simple: ninguno de ellos ha llevado una vida tan apasionante e improbable como Dragó. Habría sido un error, por tanto, evocar una existencia tan novelesca como la suya sin recurrir a las bondades y los artificios de la ficción, aunque esa ficción se nutra casi en exclusiva de la realidad. Ya dijo James Salter que nuestra vida sólo es interesante si está escrita como una novela.

En este segundo volumen asistimos a la forja del héroe, por así decir, el rito de pasaje que convierte a Nano, un niño bien del Barrio de Salamanca, y lector compulsivo, en un jovenzuelo que se desliza abruptamente en las tormentosas aguas de la adolescencia. En esos quince años de formación, Nano conocerá las aulas de dos facultades, el primer erotismo, la bohemia literaria, el despertar de la conciencia social, la militancia en el Partido, la lucha, los amores, los primeros viajes, la cárcel. “Galgo corredor” nos cuenta toda esta novela con arrojo, frescura y buena memoria. Ofrece también un cuadro muy vivo del Madrid de los años Cincuenta, una ciudad aún con los tendones al aire, hecha de supervivencias. Quizá sea éste el mayor encanto del libro: el transmitirnos los asombros de un niño que se despoja del ambiente burgués de la casa familiar para meterse en la boca de cien lobos distintos. Hasta domarlos o engañarlos.

En toda la obra palpita la añoranza por el Madrid perdido, casi una elegía combativa y a la vez tierna en favor de los barrios populares, la cocina casera, los cines de restreno, las tabernas, los tranvías, los futbolines y billares, en suma, la vida, con todo su pulso y su poder. También es el Madrid de submundos y realidades paralelas, centrado en el sexo ansioso, oculto y reprimido. A las páginas de iniciación erótica, Dragó añade unas vivas escenas de ambiente homosexual, un bajo continuo que circulaba en los pliegues de la época. Estas “Memorias” abundan en minutos de oro . El paso por la cárcel y su desdichada boda entre rejas con Elvira, su primera mujer, está contado con tanta maestría y regocijo que el émulo de Hemingway se transforma aquí en un camarada de Casanova o el compinche soñado por un Henry Miller.  

Aunque la peripecia del héroe guarde los ecos de obras ya leídas o películas gozadas, Dragó le añade un toque personalísimo, hecho de cultura, humor y audacia, que hacen el todo memorable. ¿Acaso no era éste el fin de unas Memorias? 

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