El aplauso de los borregos

Por: Rafael González Serrano.

Lunes 15 de junio de 2020; algo modifica mi ‘normalidad’. La de los últimos tres meses. Estoy sentado ante la mesa del despacho; son las ocho de la tarde, pero no escucho hoy los aplausos que a esa hora salen de las ventanas y balcones de mi calle. Ciertamente llevaban atemperándose desde varias semana atrás. Pero, sospecho, ha debido haber una consigna para que de repente se extingan por completo.

Al iniciarse el confinamiento, se estableció el espontáneo –nada unánime es espontáneo– homenaje a los sanitarios brindándoles una calurosa salva de aplausos, y gritos entusiastas, a esa citada hora (si todos estábamos encerrados no sé por qué tenía que ser a las ocho y no a las siete, o a las nueve). De seguro que el personal hospitalario –amén de los contagiados– era el que más riesgos asumía frente a la pandemia, más siempre me pareció discriminatorio que no se reconociese a, por ejemplo, charcuteros, reponedores o basureros, que seguían con su trabajo y, por tanto, también exponiéndose. Supongo que siempre hay ‘colectivos’ cuya imagen es más rentable mediáticamente. 

Porque si abrigamos la duda razonable de cuál es el origen de ese reconocimiento, a quién se debe, y por qué razones y con qué intenciones, lo que es indudable es que todos los medios se prestaron a darle cobertura, y a celebrarlo y difundirlo. Parecía de justicia y de actitud humanitaria dar un aliento de apoyo a quienes estaban denodadamente, y sin los medios adecuados –pero eso es otra historia– combatiendo contra la crisis sanitaria más grave de los “últimos ochenta años” (reproduzco el periodo que se citaba; no sé por qué no se contabilizaba desde la falsa ‘gripe española’ de 1918). 

Vamos a suponer que las intenciones que generaron los testimonios de respaldo fuesen buenas, pero hasta los más nobles actos pueden ser instrumentalizados, si ello conviene. Y me asalta la fundada sospecha de que el gobierno quiso y supo apropiarse de las ovaciones en beneficio propio. Como si de un plebiscito aprobatorio de su gestión se tratase. El poder, cual fuere, siempre actúa para su causa, a beneficio propio; y esta ocasión no iba a ser desaprovechada. Seguramente sin que la gente, imbuida en una corriente de sentimentalismo buenista y temor inoculado, abundantemente publicitados, tuviera conciencia de ello. ¿Fue ese recelo lo que llevó a que las campanas de la iglesia próxima a mi casa que inicialmente tañían, acompañando a las  palmas, dejarán de hacerlo a las pocas semanas? 

El caso es que los actos de generosidad y empatía duran lo que dura el entusiasmo real o ficticio, sentido o instilado; y, sobre todo, si durante esa temporalidad implican sólo un compromiso simbólico y testimonial. No es cuestión de menospreciar esas muestras seguro que, en bastantes casos, bienintencionadas; pero es sabido que ciertos actos multitudinarios sirven como catarsis colectiva general, y acallamiento de conciencias en particular. Y, además, siempre resulta sospechoso aquello que surge a la voz de ya y finaliza de la misma manera. 

El sentido religioso que acompaña a la figura del cordero está presente en la tradición judeocristiana. Las ofrendas del pueblo elegido tenían como víctima propiciatoria a dicho animal, que era sacrificado y consumido en la conmemoración anual de la Pascua. Y en la teología del cristianismo, el propio Jesucristo, a causa de su inmolación para redimir a los hombres de sus pecados, ha sido nombrado litúrgicamente como ‘agnus Dei’ [qui tollis peccata mundi]. 

Si el cordero en la cultura occidental es una figura sacrificial, que implica no sólo una oblación sino también un signo de pureza, humildad y mansedumbre, su sinónimo ‘borrego’, concretamente en español conlleva una connotación claramente peyorativa: obediente, sometido, manipulable, resignado, incluso, vasallo. (Según la segunda acepción del DRAE: “persona que se somete gregaria o dócilmente a la voluntad ajena”). Y en la ocasión que nos ocupa sería pertinente parafrasear un célebre título. Más que un “silencio de los corderos” –aunque la referencia cinematográfica tenga poco que ver con este caso por su temática–, se concluiría que sí se ha producido lo que podría denominarse “el aplauso de los borregos”, un acto colectivo de asentimiento y claudicación –entre la solidaridad y el miedo– a lo que sutilmente ha sido ordenado, sugerido, desde determinados círculos del poder y sus instrumentos de control de masas.   

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