Ese momento cumbre

Por: Carlos Salas.

Que el cine es un arte hace ya mucho que nadie lo discute. Que también es entretenimiento jamás se discutió. Hay películas que son obras de arte pero que no entretienen, incluso llegan a ser aburridas. Por el contrario, hay otras muchas que no van más allá del mero entretenimiento, renunciando a cualquier tipo de aspiración artística. Existen otras, sin embargo, que hacen coincidir ambos conceptos, arte y entretenimiento, con envidiable maestría. Sería el caso de las filmografías completas de Hitchcock o Wilder, por ejemplo. 

Pero hay un tercer elemento que a veces entra en juego, más allá del arte y del entretenimiento, en ese complejo artefacto comunicativo que es una película. Me refiero a la emoción, eso que nos hace identificarnos de una manera más directa e intensa con ciertos personajes y las situaciones que viven en la ficción cinematográfica. Pues bien, hay ocasiones en las que esa emoción alcanza un punto tan alto que es capaz de permear al espectador más frío y distante. Esos momentos a los que aludo se dan con cuentagotas, por lo que cuando uno de ellos acontece hemos de reconocerlo como un milagro.

Hay cineastas portentosos, incluso capaces de realizar auténticas obras maestras, que no han llegado nunca —algunos, seguramente, porque ni siquiera lo han pretendido— a crear ese milagro del momento cumbre que nos toca en lo más íntimo de nuestro pecho y nos delata en el indisimulable brillo de nuestros ojos. Kubrick o Cronenberg, dos de mis cineastas más admirados, serían buen ejemplo de ello. Pero quiero ahora destacar algunos de esos instantes especiales que nos reconcilian con la vida y hasta con el género humano, gracias al formidable poder transmisor de emociones y sentimientos que posee el cine.

Ese clásico entre los clásicos que es Casablanca (Curtiz, 1942) está cuajado de momentos memorables. Pero hay uno en el que resulta imposible no sentir esa efervescencia interior a la que me refería. Hablo de la escena en que la orquesta del Café de Rick calla a los nazis con la más gloriosa y emotiva interpretación que jamás se haya hecho de La Marsellesa. Ni el más francófobo de los espectadores puede dejar de unirse al coro cuando la escucha.

El final de La palabra (Dreyer, 1955) representa a la perfección lo que es ese milagro —aquí, además, literal— del que hablo. El instante en que la beatífica madre y esposa, en pleno velatorio, vuelve a abrir los ojos a la vida es extraordinario. La fe verdadera y pura que solo comparten la niña y el loco obra ese milagro que nos deslumbra. Ni el ateo más recalcitrante puede evitar creer en lo que sus ojos vidriosos están viendo.

El apartamento (Wilder, 1960) es una película perfecta de principio a fin. Pero su última secuencia, con esa escalada narrativa y emocional que va desde la renuncia de Baxter (Lemmon) a su puesto de trabajo hasta la partida de cartas que cierra la obra maestra, es el momento cumbre más largo y variado de la historia del cine: primero, el mencionado ataque de dignidad de Baxter ante su jefe (MacMurray), después el de la señorita Kubelik (MacLaine) ante su amante (el mismo MacMurray), luego el travelling de ella corriendo hacia el famoso apartamento, el posterior disparo/descorche y, finalmente, el reparto de cartas. Ni el tipo menos sentimental es capaz de no sonreír como un tonto enamorado al asistir a dicho desenlace.

La persecución final de E.T., el extraterrestre (Spielberg, 1982), en la que cinco chicos salvan a su amigo alienígena de caer en las garras de sus perseguidores, también nos emociona profundamente. Y el punto más elevado de dicha emoción se alcanza cuando sus bicicletas se echan al aire gracias a otro milagro de ese extraño ser divino llegado de un lejano planeta. Ni el más furibundo detractor de la ciencia ficción puede dejar de aplaudir con el alma tal hazaña.    

Y el ejemplo de la fantasía de Spielberg me sirve para conectar con el más reciente de los casos que deseo destacar. Me refiero a una escena concreta del último episodio de la tercera temporada de Stranger Things (Hermanos Duffer, 2019), ese heterogéneo y maravilloso homenaje al cine fantástico que se hizo en los ochenta, lo que demuestra que no solo en las grandes películas de la historia del cine cristalizan los milagros de emoción. En el momento de máxima tensión dramática y suspense, en el que los protagonistas esperan la revelación de una cifra que mande a los monstruos al agujero del que nunca debieron haber salido, se nos sorprende con un paréntesis humorístico y nostálgico. De repente, suena de dos voces imperfectas, adolescentes y enamoradas la hermosa canción de La historia interminable (Petersen, 1984). Ni el espectador más cargado de prejuicios y amarguras puede impedir que en ese momento cumbre algo reverbere en su interior, los ojos se le inunden y una sonrisa se le dibuje en el rostro. 

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