Gaudeamos Igitur

Por: Fernando Sánchez Dragó.

Una de las estrofas de ese himno de la Goliardía, que lo es, urbi et orbi, por antonomasia, reza, en el macarrónico latín que lo caracteriza: Vivant omnes virgines, / fáciles, formosae! / Vivant et mulieres / tenerae, amables, / bonae, laboriose… 

¿Mujeres vírgenes, fáciles, guapas, tiernas, amables, bondadosas y trabajadoras? ¡Mirlos blancos, tréboles de siete hojas, tan difíciles hoy de encontrar como los ángeles de la guarda! Esa estrofa está ahora proscrita por el catecismo de las feministas, el código Hays del sexismo y las Tablas de la Ley de la corrección política, pero así era en aquellos años la mujer ideal a los ojos de todo el mundo, incluyendo los de las interesadas y los del aún incipiente rojerío.

Yo mismo, de hecho, me casaría cinco años después, en la cárcel, reo a la sazón de antifranquismo, con una de ellas, adornada, en teoría, pero sólo en teoría, por todas esas virtudes, aunque la primera nunca me lo haya parecido. Prefiero, hoy como ayer, las mujeres desfloradas a las que lucen precinto. El himen es una molestia en la que sólo los varones posesivos e inseguros ven una condecoración o, simplemente, una condición.

Virgen y guapa, mi primera esposa, sí que lo era; fácil, no, porque tuve que recurrir al matrimonio para que entregase lo que sólo se pierde una vez; y en cuanto a la ternura, la amabilidad y la bondad… Nunca hay que fiarse de las apariencias, y en cuestiones de amor, menos. Lo dejo, por ahora, así, aunque transcrito queda el episodio en “Galgo corredor”. No es éste el lugar idóneo para dar pábulo al relato de cómo me ahorqué con la soga del martirimonio por primera y no última vez. ¡Yo, que siempre he soñado, como lo hacía Norman Mailer, con ser libre en París! Lo cuenta en sus memorias (Una entrada para el circo) Norris Church, la sexta y última mujer de ese escritor, con el que tan identificado, por lo que hace a la vida, algo menos a la obra, me siento. La mañana del día en que un par de horas después iban a contraer matrimonio se lo encontró, aún en pijama, sentado con expresión desolada en el borde del colchón y la cabeza, sujeta por ambas manos, hundida en el pecho. ¿Pero qué te pasa, darling?, dijo ella. Y él, gimoteando, adujo lo de su eterno y eternamente frustrado sueño de vivir a solas en París. Ni Mailer, que ya murió, ni yo, que costeo, por sinrazón de edad, tan descarnada orilla, podremos ver ese deseo cumplido.

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