Llovía a cántaros pero apenas si se bajaron de sus caballos

Omne ens est verum

Por: Daniel Calixto.

Mi pueblo y su vega están en un valle rodeado, menos en su parte norte y en su parte sur, por una serie de cerros de no mucha altura. El valle se inicia, al norte, justamente en lo que fue la Vía Augusta romana, de 1.500 kilómetros de longitud desde los Pirineos hasta Cádiz, y que tuvo diversos nombres, según épocas (Vía Heraclea, Camino de Aníbal, etcétera). El nombre de Vía Augusta lo toma a partir de las reparaciones que sobre ella hiciera (años 8-2 a.C.) el Emperador Augusto (63 a.C. – 14 d.C.) una vez que a España (año 19 a.C.) ya la habían pacificado los romanos. Su nombre original fue Vía Augusta Julia.

El mío es un pueblo muy pequeño que fue aldea, o pedanía, hasta el año 1848, de un pueblo mayor y muy importante, Alcaraz-Albacete, del que se emancipó en aquella fecha. No es preciso citar otros nombres porque ello no añadiría ni quitaría valor a este suceso, real, que les voy a contar a ustedes, y los mentados, todos, son imaginarios, aunque omne ens est verum (todo esto es cierto). 

Arriba, al norte, cerca del inicio de valle, a pocos metros de la Vía Augusta y a un total del pueblo de unos seis kilómetros y medio, había, y hay, un cortijo agrícola-ganadero conocido como El Cortijo del Carrascal, propiedad (era viuda) de la Hermana Bibiana y de sus hijos. En mi pueblo, a las gente mayores, o muy mayores, se les llama (se les llamaba, los tiempos cambian) Hermana o Hermano, seguido de su nombre de pila.

La Hermana Bibiana (la Hermana Bibi, para los más cercanos) tenía varios hijos, hembras y varones, y algunos nietos, uno de los cuales se llamaba Melitón, de la misma edad que yo (nueve años) y amigos inseparables, por lo que me invitó a pasar en el cortijo de su abuela  unos días de las Navidades del año 1954 y, con la autorización de mis padres, pues, con Melitón y los suyos me fui. Yo nunca había estado en un cortijo por lo que la invitación tenía para mí un especial valor y un muy sincero agradecimiento. Llegamos el lunes día 27 de diciembre, ya pasada la Nochebuena, y regresamos el viernes 7 de enero, ya del nuevo año 1955,  finiquitadas las vacaciones navideñas. No recuerdo exactamente los días indicados de la semana, pero, a pesar de mi edad, solía apuntar algunos detalles en un pequeño bloc de notas y por eso los recuerdo. 

Tenían en el cortijo unas cien ovejas, algunas de color negro, unos  cuantos carneros y algunas cabras, pastoreado todo por un tal Eusebio, de unos 58-59 años de edad, que hacía de mayoral, y un pastor ayudante joven de nombre Eladio. Una piara de cerdos que vivían a su aire entre las encinas belloteras. Un mulo romo (hijo de asno y de yegua) que hacía las funciones de burro del hato (transportaba los utensilios personales y comida de los pastores cuando éstos hacían trashumancia con el rebaño y vivía con el mismo). Tres mulas de labranza castellanas (cruce de caballo y burra) y una borrica que con unas aguaderas y cuatro cántaros traía el agua de un pozo cercano. Tres mastines peligrosos, uno que se quedaba siempre en el cortijo y los otros dos, provistos de carlancas (collares fuertes y anchos erizados con puntas cortantes de hierro  para evitar que los lobos, aún quedaba alguno por aquellos andurriales,  pudiesen morder en el cuello a los dos perros y causarles daño), que acompañaban siempre al ganado y a los pastores. Y algunas gallinas, unos pavos y varios conejos. Y dos gatos grandes de color más o menos colorao (ni perro ni gato de color bermejo, según el refrán), para tener controlada la población ratonil.

Llegó la noche de fin de año, Nochevieja, cenamos según el caso, sin excluir el turrón y alguna copita de aguardiente (para quienes podían beberlas), y las doce oportunas campanadas las imitó Eusebio golpeando el culo de una sartén con el badil. Cantamos  villancicos, contaron algunas raras y seguramente falsas historietas y como la lámpara de carburo o de gas acetileno se agotaba, pues todos a dormir. Los pastores, en unos asientos-camastros de obra con colchones, o algo parecido, de farfolla de panizo, cerca de la chimenea y de la lumbre. Era ya más de la una de la noche y todos acostados. ¡Qué largas y frías son las noches de invierno en La Mancha!

Desde cuando llegamos el día 27 de diciembre llovía, pero las jornadas de los días 30 y 31 y las del 1 y 2 de enero  llovía a cántaros, tal y como se dice en el lugar. El ganado y las demás bestias, mayores y menores, y todo el personal, quedamos estabulados provisionalmente. 

Pasadas las 4 de la madrugada de la Nochevieja todos dormíamos cuando llamaron a la puerta con tres o cuatro golpes dados con algo duro (tal vez la culata de un mosquetón). Y seguía cayendo el agua a cántaros. La Hermana Bibiana (debía tener ligero el sueño) gritó de inmediato desde su habitación, la más cercana a la puerta: …un momento… me estoy poniendo las botas… Eusebio, abre, son los Civiles, pero pregunta primero. Estaba claro, no era la primera vez que así sucedían las cosas. Desde fuera una ronca voz gritó: …somos el cabo Porfirio y el guardia José Antonio… vaya nochecita… creo que nos vamos a mojar… (añadió en clave de humor). Seguía lloviendo a cántaros.

Eusebio abrió la puerta y dijo: tienen ustedes más valor quel Guerra  Porfirio contestó: peores las hemos pasao, peores, pero en Nochevieja… ¿ninguna, José Antonio?… no, ninguna (el Cabo se respondió a sí mismo). El guardia sólo dijo medio en broma: … cabo, esto es bueno pal campo, pero usted y yo no somos campo, somos civiles… La puerta de las cuadras estaban por la parte trasera del cortijo pero desde la principal había hasta aquellas mismo una entrada de herradura y por allí  Eusebio, como otras tantas veces, introdujo las dos monturas, comentado, sin dirigirse a nadie en concreto: … vamos, caballitos, esta noche ración de pienso, doble, pero no se acostumbres ustedes… esto  va  a ser una ercención… Cogidos por las bridas llevó a las dos cabalgaduras a la cuadra, les quitó las sillas y otros arreos para que con el ambiente templado por los otros animales se recuperasen lo más posible de la lluvia y del frío de la noche y les administró doble ración de pienso (una ración de pienso para cuadrúpedos solía ser, habitualmente en la zona sur de la provincia de Albacete, y también en otros sitios, más o menos, como medio saco de paja de trilla en la que se mezclaba una incierta cantidad de cebada y después, sin precisión de tiempo, se les daba agua para beber). Terminada su función Eusebio regresó exclamando… ¡Ya está, to arreglao!

Removieron las ascuas de entre las cenizas, añadieron leña fina seca y el fuego revivió con fuerza. Cada uno de los dos guardias sacó de su macuto lo que por allí llamaban merendera (recipiente redondo, como de aluminio, con tapadera independiente sujeta con tres pinzas fijas  en el cuerpo grande de la pieza). Para beber, agua, Porfirio era un cabo muy riguroso y no permitía llevar licores cuando estaban de servicio. Coincidencia: ambos tortilla española de patatas y cebolla. El cabo dos chorizos y una morcilla y dos peras grandes de las llamadas de invierno. El guardia dos piezas de lomo de orza y una uva en pasas.

La Hermana Bibiana se empeñó en sacarles (y lo hizo) unos trozos de jamón pata negra (dijimos que en las tierras del cortijo había muchas carrascas que daban muchas bellotas, de las que se alimentaban los cerdos). Apenas si los dos guardias  probaron el jamón. Bibiana sacó también un puchero de vino tinto, de uvas criadas y pisadas allí mismo, pero los Civiles sólo se bebieron menos de la mitad del puchero.

Seguía lloviendo a cántaros. El cabo Porfirio hizo las preguntas y advertencias pertinentes: si por allí habían visto pasar gente durante aquellos días y que en caso de que se acercase alguien al cortijo o al ganao que anduvieran con mucho cuidado y que de noche no abriesen las puertas a nadie  bajo ningún concepto. Por la región aún quedaban algunos maquis (la sierra de Alcaraz quedaba a unos 17-18 kilómetros de El Carrascal). Sí, la Hermana Bibiana era…  de esa mujeres de armas tomar, una mujer valiente y sin miedo alguno y que  además tenía dos escopetas de perrillos del 12 por si se presentaba la ocasión de utilizarlas. Con ella convivían en el cortijo los dos pastores, un porquero, un mayoral de labranza y una chiquita joven que le ayudaba en distintas tareas. Menos los dos primeros, aquella noche, por ser lo que era, todos de habían bajado al pueblo. No obstante, no había, pues, tanto peligro, pero, por si acaso, estaban apercibidos.

El maquis fue una organización guerrillera antifranquista que cuando terminó la Guerra Civil española siguió  causando problemas en grupos aislados en  zonas de sierra  y rurales de España, aunque en el año 1954 ya apenas si quedaban algunos.

Melitón y yo, por nuestra edad, no intervenimos en la conversación en ningún momento, pero yo no me resistí y dije: Pues mi abuelo, el padre de mi madre, también se estará mojando, porque también es Guardia Civil. El Cabo Porfirio respondió: ¿Si, es Guardia Civil? Respondí yo: Sí, es Brigada. Porfirio cerró la conversa con una nota de humor: ¡Ah, ya! Pero los Brigadas no se mojan sentados en su despacho entre papales.

Eusebio sacó los caballos ya con sus monturas colocadas y sus arreos puestos. El Cabo y el guardia se pusieron sus capas y un pedazo grande, como de hule,  a modo de chubasquero, por encima de los hombros y de las rodillas, apretaron el barbuquejo de sus tricornios, dieron las gracias, se despidieron y se perdieron en la oscuridad de la noche  para cabalgar unos tres kilómetros en dirección hacia el cruce de los tres caminos, punto muy peligroso de paso de malas gentes, sobre todo en noches como aquella, ya cerca de la demarcación de otra pareja de Guardias Civiles, de la otra provincia, que como ellos cumplían sus difíciles y peligrosas misiones. 

Seguía lloviendo a cántaros y Porfirio y José Antonio, en el cortijo, apenas si se bajaron de sus caballos. Ahora cabalgaban una vez más juntos, el guardia detrás del Cabo, seguramente pidiendo interiormente que el único problema para ellos aquella noche fuese el diluvio que caía y en ningún momento encuentro con malhechores.

Nuestra Guardia Civil fue así y así continúa siendo, lógicamente adaptada en cada momento a la modernidad, tecnología y normas legislativas vigentes. Es un Cuerpo moderno, siempre lo fue, según las circunstancias de cada época, un conjunto de personas (mujeres y hombres en la actualidad) que ni se compraron ni se vendieron ni se compran ni se venden a nadie, rechazados únicamente por quienes en su momento la Benemérita les hizo entrar en razón y por individuos cuyos conocimientos históricos y buena fe  no van más allá de la vuelta de la esquina.

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