Una primera vez

Por: Concepción Zayas.

Dragó dedicaba sus libros con una frase distinta para cada lector, larga cola esperando. Yo estaba sentada al lado suyo en la mesa, cuando de repente se oyó en todo el salón la carcajada de aquél hombre: barba, pelo largo, robusto debajo de la chaqueta amarillo yema. Dragó levantó la mirada con su sonrisa de siempre, en voz alta, pero sin gritar: Hombre, Miguel, pareces un personaje de Dostoievski, ven a sentarte aquí. 

El recién llegado se acomodó al lado mío moviéndose como un pato en la silla, tuve la impresión de que era un niño… viejo.  

Nuestro escritor seguía a lo suyo, concentrado en la caligrafía que garabateaba sobre cada ejemplar. No nos presentó, y apenas intercambió algunas frases con nosotros entre cada relevo de lector. El particular desconocido se dirigió a mí: 

-Oye, ¿tú de dónde eres, no eres española, verdad? 

Me hacía gracia. Sonriendo le contesté que era mexicana. 

-¡Mexicanita! ¿y qué haces aquí? 

-Estudio el doctorado en Barcelona y hago la investigación en Sevilla. Estoy escribiendo la tesis. 

Se le abrieron los ojos y puso una cara de alegría que otra vez me hizo sonreír. ¡Igual que yo, vivo a caballo entre las dos ciudades! Soy de Barcelona pero estoy un tiempo allí y otro en Sevilla. No recuerdo si hablamos mucho más que eso, pero yo lo sentí encantado, viéndolo todo sonriendo hasta que se terminó la firma de libros. 

Dragó casi tenía que salir corriendo a una entrevista en la radio, el hombre que se había sentado a mi lado se ofreció espontáneamente a llevarlo y me dijo a mí que viniera. Dragó también me animó, para estar un ratito más juntos. 

Abordamos el viejo Opel corsa, donde nos hundimos en los sillones. El conductor –seguía siendo para mí un desconocido- tomó varias calles en contra dirección , pero los tres tripulantes no dijimos nada frente a los comentarios soeces que gritaban los chóferes con los que estuvimos a punto de chocar.  

Dragó lo puso al día de diversas novedades, divorcio, división de la casa, los hijos creciendo, nuevos libros premiados, raiting en su programa de televisión… En cambio el conductor parecía tener una vida sin cambios, o no valía la pena hablar de ello. En algún momento Dragó giraba la cabeza hacia atrás, preguntando si yo iba bien…

Había llovido y el centro de Sevilla estaba limpio, con ese brillo de gotas tintineando sobre cada puntita de los naranjos, de cada farola, cada ventana, cada pared. Era noviembre pero casi no hacía frío. 

Antes de dejar a Dragó en su cita, el conductor lleno de emoción, giró la cabeza hacia mí para decirme que ¡podíamos escuchar juntos la entrevista en su casa!,  iluminado por la luz de la calle y el movimiento, tenía la expresión de un niño que acababa de tener la mejor idea del mundo. Nuestro mutuo amigo aprobó el plan con la cabeza.  

Nos despedimos de Dragó, lo vi atravesar la puerta de la estación de radio, quedamos de vernos al otro día. 

Llegar a la Plaza de san Lorenzo, estacionar el auto en lugar prohibido. Yo me bajé sin pensar, ese había sido mi estado las últimas tres o cuatro horas…  

Pequeña puerta de madera, una columna romana original como sosteniendo de forma imaginaria la casita amarillo albero de tres plantas. Entramos y el espíritu de la puerta me recibió con su rechinido, todo estaba a oscuras. Nunca me vino a la mente, ni pude imaginar, que aquél espacio que por primera vez estaba pisando, llegaría a ser una extensión de mi alma, unida a la del entonces desconocido. 

Recordé su nombre: Miguel.

Subimos las tres plantas de las escaleras y paredes tapizadas de libros, por donde él pasaba iba prendiendo las luces que, en un hechizo, me revelaban las obras de arte, una biblioteca infinita y caótica, fotografías de autor, antigüedades, las estampas de El Gran Poder… en esa especie de pozo ascendente que era la casa, cuyo techo final, acristalado, dejaba ver la luna de Lorca. 

En la tercera planta estaba el salón con el viejo aparato de música donde escucharíamos la entrevista, un par de ventanas de medio arco, como si fueran dos ojos que veían sin velos, siempre, a la Plaza de san Lorenzo. La lámpara daba una luz de miel, me senté en el sillón de terciopelo rojo, bajo un Dalí original de un metro. Una mujer a lápiz, desnuda, quizá en un orgasmo cósmico. 

Él me enseñó su escritorio antiguo, labrado. Prendidas con alfileres, docenas de fotos de mi anfitrión con escritores y artistas que reconocí. Mientras yo veía sorprendidísima los retratos, Miguel me dijo, ven a escribir aquí, ésta será tu casa. Sentí fascinación, y miedo. 

Por la radio empezó a surgir la voz honda de nuestro Dragó…

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