Una silla para el verano

Por: Yanire Guillén.

Un día cualquiera de un verano cualquiera, en ese paraíso familiar que es el aljibe, estaba yo sentada en una silla medio dormida por el efecto sedante del calor. Los niños habían soltado los pavos y se fueron a pasear. Los gatos nos daban un concierto de ronroneo. El gran danés de tío Alfonso había dejado de ladrar y las mujeres cocinaban dentro en silencio. Era una mañana tan apacible y tranquila que no se movía ni el humo del puro de mi abuelo, que no fuma. De pronto, empiezan a estrellarse contra mis párpados algunas sombras que yo intuía personas. Mi familia está llena de personas. Pero les encanta pasar de persona a visita, es decir, de su casa a la tuya. Ah, las visitas. En los pueblos llevamos a cabo el concepto de familia extensa. Lo mismo te viene una tía abuela que tú no recordabas si estaba viva que un primo tercero a decirte que ha tenido gemelos. Somos como Los Durrell en campechano (dicho esto sin segundas, que diría Hughes). Me tuve que componer y saludar.

En estas visitas de principios de verano es típico que aparezcan parejitas jóvenes con un sobre blanco y dos alianzas grabadas en dorado. “Aquí todo el mundo se casa en septiembre”, pienso. No es raro que abuela suelte alguna puntillita cuando un pariente nos presenta a su pichoncito el mismo día que nos invitan a la boda. Yo asiento a todo lo que dice abuela. Ese día vino Violeta, la hija de unos primos, y nos presentó al novio. Le hacemos las preguntas de rigor: “¿de dónde son tus padres?”. (El chico no es del pueblo). “¿En qué trabajas?”. El muchacho no cuenta sustancia y suelta una perorata sobre la pandemia y de cómo “gracias al gobierno” está cobrando un ERTE. “¿Eres un socialista?”, pregunto haciéndome pasar por Ignatius Reilly. Se quedó algo traspuesto. Comprendí que era la primera vez que veía un facha en persona. Abuela se ríe. Violeta pasa rápidamente a saludar al resto de familiares. Les escucho decir que de luna de miel se van de crucero. Cobrando un ERTE, de crucero, lo que yo decía: socialista.

No me gusta viajar y mucho menos en verano. Creo que si hiciera un crucero, y tendrían que subirme al barco inconsciente, acabaría encontrando mi final dramático. Me tiraría al mar casi con toda probabilidad. El gasto, la planificación, la elección del destino, la maleta… ¡qué ansiedad! No, yo en verano no viajo: me siento en una silla. Además, somos españoles. ¡Todo el mundo viene a vernos! Sólo en un rato, esta mañana, vi pasar dos grupos de alemanes haciendo senderismo con mascarilla. Nos saludaron levantando esos palos que llevan en las manos.

Confieso que a un sitio sí me iría: a la adorable urbanización donde veranea la familia de Mrs. Maisel. Que según nos informó en Twitter Tamara Campos es la misma que la de Dirty Dancing. Me imagino a mis abuelos jugando al bingo, mis padres alquilando barcas, y yo yendo a clases de baile de salón. Puestos a imaginar, también me veo ensayando el porté en el lago, no les voy a engañar. A ver quién se quita ahora The Time of My Life de la cabeza. Ay.

También añoro los veranos de la infancia, cuando mis padres preparaban el viaje anual a Fuerteventura. “Las niñas”, que diría Pemán, queríamos ir a Fuerteventura todos los veranos. Íbamos pero solo con padre y madre. Ahí reducíamos el núcleo familiar con precisión atómica.

Sí, esto me gustaba. Ahora ya no.

En verano tampoco me gusta ir a casas ajenas, normalmente me desagrada la disposición informal de la comida y no saber dónde ponerme. Es un ambiente asambleario, circular, eufórico, ecofriendly. Si la casa tiene piscina los nervios se me sueltan como pajarillos al abrirles la jaula. Las chispas del agua; los cuerpos en traje de baño; algún novio subiendo a su chica al caballito y gritando para que miremos la pirueta…  esto a mí me cuesta 6 mg de Lexatín. “Es una amargada esta mujer”, pensará usted, y tiene usted toda la razón. Este tipo de eventos típicos del estío son un intento de emular El Nadador. Pero nadie se parece a esos personajes. Lamentablemente, porque entonces sería fantástico.

Como muy lejos me llevaría mi silla a un fotograma de Bergman o un cuadro de Renoir. De ahí que, puestos a hacer el verano socializador, veo más factible la película de Woody Allen La comedia sexual de una noche de verano. Tres parejas compartiendo fin de semana en una casa de campo. Los diálogos surrealistas de Allen; sombreritos y vestidos blancos con enaguas; enamorarte de la mujer de otro; confesar tu frigidez al marido de otra; conversando sobre ontología y golfería general.

“Yo tengo una casa en el campo”. Esta declaración lleva saltando en mi cabeza insistente como un cachorrito pekinés. Yo sería una anfitriona estupenda. Oh, qué apetecible. ¿Quieren ustedes venir a mi casa? Si han ido a terapia y tomado antidepresivos en vano son más que bienvenidos.

Volvamos a la realidad: la vida en verano debería estar averiada; un coche que no arranca; un Iphone 6; un novio que te deja; una depresión; un mando sin pilas. La cuestión es que acontezca una serie de casualidades para que tú no tengas que hacer na-da.

Abro los ojos y me levanto de la silla. Con la mano en la frente a modo de visera intento ver dónde está cada uno. Escucho el jolgorio de los niños porque la gallina ha puesto un huevo. Les grito algo. Lo que se me ocurra, con tal de que dejen a la gallina en paz, y me vuelvo a sentar. Sigo completamente deslumbrada por el sol de agosto, que en Lanzarote es de diamantes, porque también lo hizo César Manrique.

“Esta tarde vamos a ir a pescar”, anuncia tío Alfonso. “Ah, pues vamos”, respondemos todos a coro. Y ya está el día echado. 

¿Me van entendiendo? El verano es una silla, un libro y unos parientes de confianza con los que compartir la apatía estival. Todo lo demás, lo prefiero soñar.

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